Una mentira más en un rosario de falsedades


La historia está plagada de discursos que han hecho fortuna a base de falsear la realidad. Una triste plaga que hoy se extiende por el mundo. El éxito de Donald Trump es el ejemplo más resonante, y el de los soberanistas catalanes, el más próximo. Y, para España, el más dañino. Llevan años tergiversando la historia y manipulando las condiciones de la convivencia para alimentar sus posiciones políticas. La espiral ha ido creciendo año a año, y con el juicio a Artur Mas llega a su punto culminante, pero solo por el momento, porque irá a más en el futuro inmediato. 

Mas se sienta hoy en el banquillo de los acusados. No será el primer presidente autonómico que lo haga, pero sí el primero que lo hace por atacar abiertamente el sistema legal que, por su cargo, era el principal obligado a respetarlo y defenderlo. Hizo lo contrario de lo que era su deber y ahora intenta escudarse tras otra sarta de mentiras. No es un juicio político ni un ataque a Cataluña. Se le juzga por rebelarse contra el Estado de Derecho, que es algo que debe combatirse en una democracia, porque esta es imposible sin aquel. Es cierto que hay un conflicto político y que este juicio no lo va a resolver. Tampoco es esa la misión de los tribunales, cuya única función es restaurar la legalidad rota. Atribuirles cálculos políticos es propio solo de quienes desprecian la separación de poderes, totalitarios que intentan imponer su particular visión a toda la sociedad, aunque para ello tengan que falsear la realidad, violentar las conciencias y pisotear al discrepante.

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