Episodio 3 - Unos abrazos y un vermut - Mi prima en Ginebra - El sótano en Los Campos - La soledad y el Hotel de Inmigrante

Fran Gayo
Fran Gayo VISIONARIOS Y BABAYOS

OPINIÓN

11 feb 2017 . Actualizado a las 11:24 h.

Me fui en Diciembre de 2009, me despedí de toda mi gente un mediodía que diluviaba, nos abrazamos, lloramos, tomamos el vermut y 24 horas después estaba con la cabeza sumergida en esa bañera de grasa que a veces puede ser el verano porteño. Tras cuatro días de adaptación hice fila en el edificio de inmigraciones que hay en la avenida Antártida, bien cerca de la estación de ómnibus de Retiro. Allí nos dividían en dos grupos: una cola para los ciudadanos procedentes de países mercosur (es decir, Brasil, Bolivia, Venezuela, Uruguay y Paraguay) y otra para el resto, es decir, la comunidad asiática y un servidor, acompañado de mi mujer, que a partir de ese momento fue mi salvaguarda diaria en incontables ocasiones. 

Recuerdo en Barajas a una chica llorando como una magdalena, llamaba a su casa, aguantaba unos minutos la conversación entre hipos hasta que volvía a quebrarse, cortaba la llamada y cuando se tranquilizaba  marcaba de nuevo el número de sus padres. Así durante más de media hora. Resultó ser de Cangas de Onís, iba a reunirse con su novio en Chile donde él había conseguido un buen trabajo en una multinacional tipo Hewlett Packard, no recuerdo bien. 

Casi al tiempo que esto sucedía, o quizás unos meses después, una prima muy querida hizo la maleta y se instaló con su pareja en Ginebra. Ahora su hijo persigue a los perros con el triciclo y los increpa en francés. Hablando con ella no hace tanto me comentaba que tenía incorporada la condición emigrante de modo pleno y sin conflictos. Al igual que ella, al igual que yo, su padre y el mío también empacaron sus cosas y partieron aunque mucho antes que nosotros, a finales de los 60, cuando dejaron una aldea diminuta en el occidente asturiano para instalarse en Xixón. Mi padre trabajaba entonces como peón en las obras para levantar el salto de Arbón, lo mismo que mi abuelo materno. Fue así como mis padres se conocieron: mi madre le llevaba cada día la comida a mi abuelo, los dos jóvenes se vieron, hablaron, cortejaron, se casaron, decidieron irse a Xixón. Y luego llegué yo.