Episodio 3 - Unos abrazos y un vermut - Mi prima en Ginebra - El sótano en Los Campos - La soledad y el Hotel de Inmigrante


Me fui en Diciembre de 2009, me despedí de toda mi gente un mediodía que diluviaba, nos abrazamos, lloramos, tomamos el vermut y 24 horas después estaba con la cabeza sumergida en esa bañera de grasa que a veces puede ser el verano porteño. Tras cuatro días de adaptación hice fila en el edificio de inmigraciones que hay en la avenida Antártida, bien cerca de la estación de ómnibus de Retiro. Allí nos dividían en dos grupos: una cola para los ciudadanos procedentes de países mercosur (es decir, Brasil, Bolivia, Venezuela, Uruguay y Paraguay) y otra para el resto, es decir, la comunidad asiática y un servidor, acompañado de mi mujer, que a partir de ese momento fue mi salvaguarda diaria en incontables ocasiones. 

Recuerdo en Barajas a una chica llorando como una magdalena, llamaba a su casa, aguantaba unos minutos la conversación entre hipos hasta que volvía a quebrarse, cortaba la llamada y cuando se tranquilizaba  marcaba de nuevo el número de sus padres. Así durante más de media hora. Resultó ser de Cangas de Onís, iba a reunirse con su novio en Chile donde él había conseguido un buen trabajo en una multinacional tipo Hewlett Packard, no recuerdo bien. 

Casi al tiempo que esto sucedía, o quizás unos meses después, una prima muy querida hizo la maleta y se instaló con su pareja en Ginebra. Ahora su hijo persigue a los perros con el triciclo y los increpa en francés. Hablando con ella no hace tanto me comentaba que tenía incorporada la condición emigrante de modo pleno y sin conflictos. Al igual que ella, al igual que yo, su padre y el mío también empacaron sus cosas y partieron aunque mucho antes que nosotros, a finales de los 60, cuando dejaron una aldea diminuta en el occidente asturiano para instalarse en Xixón. Mi padre trabajaba entonces como peón en las obras para levantar el salto de Arbón, lo mismo que mi abuelo materno. Fue así como mis padres se conocieron: mi madre le llevaba cada día la comida a mi abuelo, los dos jóvenes se vieron, hablaron, cortejaron, se casaron, decidieron irse a Xixón. Y luego llegué yo. 

Los dos primeros años que estuve en Buenos Aires los viví ahogado por un sentimiento de vergüenza que aún hoy me jode cuando lo recuerdo. Tenía miedo, básicamente: de mi vida recién estrenada, de mi nueva casa, me avergonzaba lo inestable de mi situación económica, que era repentinamente complicada, me asustaba la inseguridad, lo imposible de incorporarme a las conversaciones con naturalidad y sobre todo la posibilidad de perder el espacio que me correspondía en el único lugar que hasta entonces había considerado mi hogar, mi casa. El tiempo fue pasando, nació mi hijo y de una patada me arregló la brújula, una mañana me desperté y a los pies de mi cama estaba el inexistente libro de la emigración, lo abrí y allí figuraba mi nombre con letras cursivas, no había vuelta atrás, era un emigrante más y cualquiera, otro, nunca sería eso que algunos llaman exiliado económico (desconozco la diferencia y cuál de los dos términos tiene mayor pedigrí, aunque lo intuyo), ni tampoco un expatriado, era emigrante como mi prima y como antes lo fueron mi madre, mi padre o mi tío, también mis abuelos paternos, al fin y al cabo organizar a finales de los 60 una mudanza de Coaña a Xixón debería ser un proceso con los mismos bemoles de un vuelo entre los aeropuertos de Barajas y Ezeiza. 

Archivo General de la Nación. Argentina
Archivo General de la Nación. Argentina

Me he preguntado a veces cómo dieron mi madre y mi padre con el sótano que alquilaron en Los Campos durante un tiempo y en el que pasé mi primer año de vida, nunca he sabido si leyeron algún anuncio en la prensa, si alguna amistad los puso en contacto con los propietarios, me he preguntado desde dónde hicieron la llamada de teléfono para la reserva y cómo fue su primera noche en aquel lugar, cómo se sentían al mirar por la ventana y darse cuenta de que el escenario y la banda de sonido de lo que hasta entonces había sido la vida de ambos, sencillamente, ya no estaba más. 

Es cierto que mi situación era distinta a la de la mayoría de quienes aquella mañana de diciembre de 2009 hacían cola en la avenida Antártida, el hecho de estar casado con una ciudadana argentina implicaba entre otras  cosas tener asegurada la residencia permanente en destino. Y cuando meses antes de mi viaje me decidí finalmente a comprar el pasaje de avión (de un solo trayecto) tenía ya un trabajo en firme esperándome. Pero también es cierto que ese trabajo era insuficiente a todas luces y tuve que correr más de lo que estaba acostumbrado para desprecarizarme cuanto antes. 

El concepto envenenado es siempre eso que llaman calidad de vida, una idea que implica muebles de diseño a costo asequible, estanterías llenas de revistas de importación y lugares en los que desayunar bagels. 

Un efecto muy particular de la emigración es la adquisición de una percepción de la soledad bastante parecida al sentido arácnido de Spiderman, la soledad es de repente algo más presente, algo casi físico, un estado anímico del que te haces portador y que se manifiesta incluso cuando vuelves «a casa» para visitar a tu familia y amistades.

No, espera, es eso y algo más complejo, una sensación de inminencia breve y afilada como un acceso de fiebre que te ataca aquí y allá, todo es «de repente», de repente sientes que ha llegado el momento de volver, de repente sientes que ha llegado el momento de dejar de pensar en tu vida anterior y que toca echar raíces en este nuevo lugar. Y así, a base de revelaciones que en el fondo son spam emocional es cómo uno se ve imposibilitado para cultivar lo cotidiano. 

Hace un par de años visité en el Museo de la Inmigración, una muestra antológica sobre las oleadas de italianos y españoles que habían venido a la República Argentina desde finales del XIX, dos horas navegando una poderosa marejada emocional que me arrastró por las diferentes estancias del antiguo Hotel de Inmigrantes. No había nada que interpretar allí: una máquina de coser de 1920 es una máquina de coser de 1920, un documento de entrada en el país fechado en 1937 es eso y nada más, y lo mismo un cuaderno de ortografía para niños de 7 años llegados al país en la década de los cuarenta. Cuando salía me detuve a cubrir en Registros Históricos una ficha donde cumplimentabas tus datos y en unos minutos te devolvían una impresión con la relación de personas que llevaban tu mismo apellido y habían ingresado en el país entre 1882 y 1950.  Apenas una docena de Gayos habían entrado en la Argentina en aquellos 70 años. 

De esa visita me llevé bien metida en la cabeza una imagen del archivo general de la nación, una fotografía en plano general, blanco y negro, contraluz, un pabellón con una docena de mesas que van de pared a pared, un lugar destinado a servir como comedor para los recién llegados al país. No es una imagen que llame a sentimentalismos, parece más una ilustración del Breccia más oscuro y parco. De pie, frente a una de las mesas se ve la silueta de un hombre solo. No hay nadie más en el lugar, sólo él y la persona que tomó la fotografía. La luz explota amenazante en los ventanales amplios y hace imposible dilucidar si este hombre está de espaldas o de frente a la cámara.

En defintiva, hace imposible dilucidar si viene o si se va.

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