Otro payaso para Trump (La vida es eterna en quince minutos)

OPINIÓN

11 feb 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

?¿Te das cuenta de que has llamado imbécil al arquitecto? ?¿Por qué se lo has dicho? No lo había oído. […] (El arquitecto sonríe). ?Me ha llamado imbécil y yo no me he dado cuenta, así que es posible que tuviera razón él. (E. Scola, La familia).

No es lo mismo el muro de Trump con México que las vallas con concertinas que España pone en la frontera con Marruecos. Ni ese muro viene del mismo espíritu que animó los disparos de la Guardia Civil a inmigrantes que nadaban en el estrecho. Es la misma bajeza, la misma infamia, desde luego, pero no es la misma obra. De hecho, el muro de Trump no necesita ser construido, sus efectos ya están activos y extienden su estrago sin falta de piedras reales. Atribuir a un grupo humano rasgos amenazantes o de inferioridad produce siempre repugnancia, porque siempre es un acto de racismo agresivo y porque se deshumaniza a quienes sólo son tratados como masa étnica, religiosa o ideológica. Sea cual sea el grupo, la reacción civilizada tiene que ser de repulsión y resistencia. Pero es que el muro de Trump, que ya ejerce plenamente como símbolo, resulta que nos señala a nosotros. México es sólo una metonimia. Lo que distingue a los señalados como plaga de traficantes, criminales y violadores es el idioma español. Cualquier barbaridad que Trump haya dicho de México, y son muchas, está expresada en términos aplicables a toda Latinoamérica e irá poniendo a cada español una flecha fosforito sobre su cabeza señalándolo. Y Rajoy pensó que él estaba justo en medio, con sus ingles en el muro de México y una pierna a cada lado, a horcajadas entre los dos mundos como su mediador natural.

A los mexicanos, y los que hablan parecido, Trump los tiene atragantados porque pululan por su campiña. Pero a Europa también porque, como conjunto, es exactamente lo contrario de lo que quiere ver en este mundo que él cree que sólo es el extrarradio de su empresa y además Europa es parte de ese cuerpo del que quiere despegarse para hacer de EEUU su muñón soñado. Por eso le dijo a May que la salida de Europa del Reino Unido es maravillosa. Por eso se jalean mutuamente él y cuantos quieren que los países europeos sean los cascotes que queden de la demolición de la UE (Marine Le Pen y demás sabores de ultraderecha), a los que Stephen Bannon incluso quiere financiar. Y Rajoy se sintió de nuevo flotando en la mar océana entre EEUU y Europa como su inevitable mediador. Y ya de paso, para no quedarse corto en campechanía, por el mismo precio quiere también ser su hombre para el norte de África y para Oriente Próximo.