Trump en el Museo de Cera


De Donald Trump nos inquieta casi todo. Por ejemplo, el círculo que forma con el índice y el pulgar cuando silabea «America First», el antiguo lema del comité antisemita que rechazaba la intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. O la manera en la que exhibe al pequeño Barron, al que hemos visto, de traje y corbata, sentado sobre un león disecado en el tríplex de la torre dorada.

También nos inquietan pequeños detalles, como que los diminutos dedos con los que tuitea cada mañana sus bravuconadas universales sean los mismos que pueden tocar el teclado nuclear. Un piano atómico que yo me imagino como el órgano donde el capitán Nemo se desquitaba de la soledad submarina del Nautilus.

Pero a mí lo que más me inquieta de Donald Trump es su figura en el Museo de Cera de Madrid. Porque, si uno se fija en los rostros de los famosos que habitan en el bajo de la plaza de Colón, lo primero que comprueba es que Barack Obama, Rafael Nadal o David Bisbal no se parecen en nada a Obama, Nadal o Bisbal. Solo Donald Trump se parece a Donald Trump. Y eso, que se parezca tanto a su figura de cera, a mí me recuerda a la cita de La Orestíada, de Esquilo, que Álvaro Cunqueiro plantó al inicio de El hombre que se parecía a Orestes:

-Ha llegado un hombre que se parece a Orestes.

-A Orestes solo se parece Orestes.

-Luego, ha llegado Orestes.

A Trump le pasa lo mismo que a Orestes. Si en el Museo de Cera hay un hombre que se parece a Trump, entonces es que se trata del genuino Trump. Y el Trump que gobierna el mundo desde el despacho oval es solo un muñeco de cera que se ha fugado de la galería del terror.

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Trump en el Museo de Cera