Vistatriste


Podemos surgió como un artefacto pensado para asaltar el poder en un plazo corto de tiempo. Se trataba de una máquina de guerra electoral diseñada con retazos de entusiasmo e indignación ante la situación política del país. Vistalegre I puso las bases para aquella hoja de ruta, en la que eran más importantes los objetivos últimos que la construcción de una organización política democrática, con recorrido en el tiempo y capaz de aunar puntos de vista diferentes. Se sacrificó el partido por el proyecto, de tal modo que, en aras de una unidad construida desde arriba, se firmó un cheque en blanco al Secretario General, Pablo Iglesias, y a su equipo. Incluso se llegó a aceptar un cierto culto al líder, que tuvo su máxima expresión en la utilización del rostro de Iglesias como logo en las papeletas de las elecciones al Parlamento Europeo en 2014.

Pero el calendario electoral truncó el plan inicial, diseñado para un plazo muy breve de tiempo y con una coyuntura particularmente favorable. Hubo que esperar casi dos años hasta la celebración de unas elecciones generales. Y el entusiasmo inicial desapareció para dejar paso a una lectura más racional y desapasionada de la realidad, del mismo modo que en las parejas el enamoramiento da paso a una convivencia basada en elementos menos sublimes. Se rebajaron las expectativas, que ya no estaban en La Moncloa sino en el sorpasso al PSOE. Pero tampoco eso llegó, a pesar de la repetición de las elecciones y de lo que apuntaban todas las encuestas.

La crisis actual en Podemos ha sido un torpedo en la línea de flotación del poco entusiasmo primigenio que quedaba en el proyecto. División e ilusión riman, pero no acompasan. El Secretario General sigue aferrado al cheque en blanco que recibió en Vistalegre I y, junto al sector anticapitalista, representa a la izquierda tradicional, dogmática, antigua y alejada de la sociedad. La parte más fresca del proyecto, representada por Íñigo Errejón, ha sufrido toda clase de ataques e injurias, en ocasiones de personajes siniestros como Juan Carlos Monedero. Los mismos que se mofaban de la crisis interna en el PSOE hace tan solo unos meses, han dado un espectáculo igual de lamentable que el del famoso Comité Federal de Ferraz, acusando a Errejón y los suyos de echarse en brazos de los socialistas.

Aunque la ilusión se haya desgastado con tanta guerra fratricida, el proyecto de Podemos sigue siendo viable, bajo plazos más realistas y discursos menos posmodernos. Al menos la composición generacional de su voto así parece indicarlo. No nos podemos permitir el lujo de caer en el desánimo, porque la gente que peor lo está pasando no se merece que nos rindamos. Pero para ello necesitamos un proyecto fresco, ilusionante y capaz de apelar a toda la sociedad y no sólo a aquellos que nos identificamos nítidamente con los valores de la izquierda. Necesitamos menos purgas y menos centralismo democrático y más pluralismo y capacidad de dialogar con los ciudadanos. Necesitamos un Podemos auténtico y coherente y no proyectos fracasados del pasado que nos impiden ser una verdadera alternativa. De lo contrario habremos perdido una oportunidad histórica para transformar la realidad de las personas. Hagamos que Vistalegre no se convierta en Vistatriste.

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