Los «cesantes» de Rajoy


En su novela «Miau», de 1888, Benito Pérez Galdós nos narra las desdichas del cesante Ramón Villaamil durante la época de la Restauración. En ella, el desgraciado Villaamil se lamenta de que su «neutralidad política» le haya conducido a esa situación, mientras que otros, al haber «militado» en una de las opciones políticas en boga, no sólo han mantenido su empleo en la Administración, sino que han ascendido de la mano de su  protector o «padrino» de turno. Así, dirigiéndose a su amigo Cucúrbitas le espeta: «Tu estabas por debajo de mi; yo te enseñé a poner una minuta en regla. El 54 tu entraste en la Milicia Nacional, yo no quise, porque nunca me ha gustado la bullanga. Ahí tienes el principio de tu buena fortuna y de mi desdicha. Gracias al morrión te plantaste de un salto en Jefe de Negociado de segunda, mientras yo me estancaba en oficial primero (…)». Por una extraña asociación de ideas me han venido a la cabeza estas palabras cuando, en días pasados, los medios de comunicación anunciaban el nombramiento del ex director de la Guardia Civil, antiguo falangista y amigo de juventud del Presidente del Gobierno, Arsenio Fernández de Mesa y Díaz del Río, como vocal independiente en el Consejo de Administración de Red Eléctrica de España, con una retribución de 150.000 euros al año. Nihil novum sub sole. Dada la endémica falta de iniciativa privada y la escasa industrialización de la economía española, la clase media en este país siempre ha aspirado a vivir del Estado. En su «Arbitrio para gobernar a España», ya en 1875, José Ruiz León destaca como uno de los mayores males que aquejan a nuestro país «la empleomanía», que él define como «el afán con que se codicia un empleo público retribuido, tenga o no el pretendiente mérito para obtenerlo y aptitud para servirlo».  En el reverso de este afán del español medio por conseguir su lugar en el «comedero nacional», está la figura del «colocador» o «conseguidor». Y en esto, como en tantas otras cosas, ciertamente se ha avanzado mucho en este país. La Ley de 23 de Julio de 1939, una de las primeras que se dictó en la posguerra civil,  por la que se creaba el Patronato, dependiente del Ministerio de Hacienda, para las expendiduras de tabaco, administraciones de lotería y surtidores de combustible, contiene una exposición de motivos que no tiene desperdicio. Dice así :«La concesión de administración de loterías y de expendidores de productos monopolizados (….) constituye uno de los medios más adecuados para cumplir el deber de amparar a los que han luchado en los campos de batalla o sufrido más directamente las consecuencias de la guerra y de la barbarie enemiga. (…)». Así pues, los estancos, administraciones de lotería y gasolineras se reservan para los excombatientes de la gloriosa cruzada,  mutilados de guerra, sus viudas y huérfanos. Mientras, los perdedores descansaban en las cunetas o, en el mejor de los casos, en la cárcel o el exilio. Hoy en día la cosa no es tan burda. Para colocar a los cientos de cesantes de lujo, se cuenta con las embajadas, consulados y con la inestimable ayuda de las empresas del IBEX 35, muchas de ellas privatizadas durante el gobierno de Aznar por aquel mago de las finanzas llamado Rodrigo Rato Figaredo. En sus Consejos de Administración siempre se encontrará un lugar para todos aquellos caídos por Dios y por el Partido. De lo que no cabe la menor duda es de que Rajoy cuida de los suyos. Nada mejor que rodearse de los amigos de toda la vida, tanto para salir a pasear por el campo como para gobernar un país. Y si en algún momento, bien sea por conveniencia política o por «imperativo  legal», hay que prescindir de sus servicios, siempre habrá una confortable sinecura para ellos. Decía Maquiavelo que «el mejor método para estimar la inteligencia de un gobernante, es mirar a los hombres que tiene a su alrededor». Hagan la prueba.

Comentarios

Los «cesantes» de Rajoy