Episodio 4. Años de leña - la justicia por su mano - leyendas negras del Llano - Diana en la calle Aragón

Fran Gayo
Fran Gayo VISIONARIOS Y BABAYOS

OPINIÓN

25 feb 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

No tengo conclusiones sobre lo que hoy les voy a contar.

Esto fue hace tres días.

Al bajarme del subte en Carlos Pellegrini un tipo como de 60 le planta a otro su misma quinta una hostia a mano abierta, luego empieza a darle puñetazos en el pecho acusándolo de haberle robado el móvil. Dos personas se suman al conflicto, un grandote de gimnasio, que no llega a los 30, y un bajito seriote; entre los tres inmovilizan contra la pared al presunto ladrón mientras le registran la mochila y gritan que la policía está en camino. Los dos jóvenes, el petiso y el gimnasta, son malos actores, así que inmediatamente me pego a una columna y vigilo a mi alrededor, claramente es todo un sainete para despistar a quienes estamos en el andén mientras alguien, un quinto socio, se dedica a meterle mano a mochilas, bolsillos, carteras...  nadie interviene en el forcejeo entre los cuatro pintas, nadie se alarma, hay quien incluso sonríe, es obvio que los presentes intuyen, intuimos, que todo este ruido no llega ni a montaje, pero no dejamos de mirar embelesados, cualquier expresión de violencia aún en forma de guiñol de cuarta y mal remendado resulta inevitablemente hipnótica.

Hace como tres años. Un tipo le roba el bolso a una señora cerca de donde yo vivo, como en Ayacucho y Rivadavia, a punta de cuchillo, luego corre en dirección a Corrientes y al pasar frente a mi edificio un vecino surge de la nada y de una trompada lo pone a levitar en horizontal. Varias personas salen de portales y comercios cercanos y empiezan a patear al atracador. Desde la ventana de mi casa veo que no llega a los 20 años, es posible que sea menor, y ha perdido las zapatillas por la golpiza. Un entusiasta, que animado por la fiesta ha dejado su coche en doble fila, le apunta al chaval en la cara con la linterna del móvil. El resto, unos cinco, lo sujetan a la espera de que la policía llegue.

Si no me falla la memoria la última vez que me metí en una pelea yo debería tener 15 años, así que mi experiencia en este terreno es nula prácticamente. Es un idioma que no hablo, que nunca quise o logré aprender y con el que estos años en Buenos Aires me ha vuelto a familiarizar. El resultado es el mismo, extrañeza, desconcierto, incomprensión absoluta.