Algo más que un debate de moda sobre la maternidad


Donde algunos quieren ver sólo un debate de moda otros tomamos conciencia de asistir a un cambio de paradigma sobre la maternidad. Orna Donath reavivó en España la polémica que ya se había vuelto mediática de la mano de Samanta Villar: la imagen idealizada de la maternidad es falsamente unitaria, totalizadora e impone su hegemonía sancionada por la sociedad patriarcal. La declaración no es nueva pero sí el número de voces que se añaden a la misma en primera persona situándonos en el camino para pensar y vivir la maternidad desde nuevos modelos.

Es a la historia y no a la biología a quien debemos interrogar sobre las causas que conducen al concepto normativizado de la maternidad. La respuesta la encontramos al retrotraernos a la segunda mitad del siglo XVIII y descubrir que la idealización de la maternidad corre en paralelo a los cambios sociales que provocan la transformación de la «casa» como centro de producción al «hogar» como refugio del varón y salvaguarda de la infancia. Los ilustrados concederán la educación de las mujeres siempre que esté al servicio del solaz del esposo y la crianza de los hijos, la madre como ángel del hogar, cálido refugio, la guardiana de los afectos, escuela de virtudes para el niño y de buenas maneras para la niña… arte y literatura multiplicarán el universo simbólico para un modelo de maternidad que aún hoy se impone hegemónicamente, obviamente con un lenguaje adaptado a nuestro tiempo, y que no ha permitido a las mujeres desvincularse de él sin que el apelativo de mala madre le fuera asignado a modo de insulto.

Abnegación y entrega, paciencia y renuncia, Abstinere et sustinere la fórmula estoica convertida en marca de identidad que las hijas hemos retomado como legado de nuestras buenas madres. Aquellas buenas madres que aceptaron y encadenaron en su renuncia a quienes amaban mientras que nosotras, malas madres desplegadas ante la vertiginosidad contemporánea, nos enfrentamos siempre en soledad a la perplejidad emocional de quien no sabe encontrar una salida.

Pero el dilema queda despejado si atendemos a la esclarecedora distinción que Adrienne Rich establece entre maternidad como institución y maternidad como experiencia. La primera se predica de modo unitario, totalizador e independiente de toda vivencia personal siendo, además, vehículo para la dicha, la plenitud y la la auténtica realización a través del «destino biológico». Por el contrario, la maternidad como experiencia refiere a la relación potencial de cualquier mujer con los poderes de la reproducción y con los hijos de modo que diversidad y pluralidad serán algunos de los epítetos que acompañan a esta vivencia individual entre lo que se puede ser y desear. Y precisamente en esa amplísima franja entre el poder ser y el desear existe la posibilidad de vivir la maternidad como una experiencia contradictoria a medio camino entre narcisismo y altruismo, sueños y sinceridad, rechazo y satisfacción, resignación y entusiasmo, amor y odio.

Doris Lessing, Adrianne Rich, Lesley Saunders, Vera Newsom, Margaret Atwood o Angelika Schrobsdorff hablaron sin tapujos sobre ese carácter ambivalente de la maternidad. A día de hoy y en España el tema asalta el terreno de la plástica de manos de Ana Casas, Isabel Tallos, Ana Álvarez Errecalde o de colectivos como Offmothers quienes afirman haberse unido para convertirse en veta de resistencia contra los referentes tradicionales de la maternidad.

El colectivo nos cuenta en primera persona cómo se fraguó a partir de una residencia artística en la que siete mujeres, de formación y procedencias distintas, quedaron unidas por un denominador común: la incompatibilidad entre el desarrollo de un proyecto personal y el ejercicio de la maternidad. «Dicha dificultad no dependía del modo de vida de cada una de nosotras ni tampoco de las peculiaridades del carácter sino que era un problema común a todas, por tanto, un problema político», así sentencia Roxana Popelka una de las miembros del colectivo.

A partir de ese momento trasladan el problema político a una institución artística LABoral Centro de Arte y Creación Industrial de la que obtienen un peculiar contrato de residencia: educadores que cuiden a los hijos e hijas de las artistas durante seis sesiones de trabajo del colectivo. «Se trata de una experiencia única en España», afirma Elena de la Puente «y aunque el presupuesto era muy bajo su carga simbólica fue enorme: por primera vez se ofreció ayuda en el cuidado de los hijos con el fin de que las madres apostaran por su proyecto personal». Y ciertamente resulta extraordinario que una institución no sólo escuche sino que dé respuestas a mujeres que desean conservar una parcela de individualidad, algo que las aliente al margen de la crianza y las justifique como sujetos con entidad propia.

Las artistas, sociólogas y filósofas que reúne el colectivo están de acuerdo en señalar que su proyecto es deconstruir la imagen tradicional de la maternidad para así enfrentar, cambiar, restituir, reformar o, en definitiva, conocer otras posibilidades de vivirla. Afirma Natalia Pastor que «desde las primeras sesiones del colectivo la maternidad se nos desveló como algo terriblemente complejo, tanto a nivel de experiencia como de reflexión. En nuestros debates como surgían cientos de cuestiones: modelos de maternidad, maternidad y abnegación, la crianza, las relaciones madre-hija…pero necesitábamos acotar y empezar por un solo tema».

Así fue cómo optaron por aproximarse a la maternidad desde una perspectiva de conflicto afirmando con valentía que «ni siquiera en la maternidad el amor carece de mácula, junto al amor hay odio, hay rechazo y entusiasmo; aquellas cosas cambian en éstas y estas en aquellas». Y así son las maternidades del colectivo Offmothers, experiencias en sí mismas contradictorias para cuyo análisis utilizan distintas herramientas y enfoques estéticos: biografías de objetos, registros videográficos, grabaciones fílmicas, ensayo, documentos sonoros, performance, fotografía, poesía....

Despertar y preguntarnos sobre el origen de nuestro amor como madres, sobre sus méritos y el papel que juega en nuestras vidas. Contemplando sus causas y efectos la propia emoción se nos mostrará con una claridad nueva y comprenderemos los dilemas a los que nos somete. No será un camino fácil, pues situarse fuera de uno mismo para localizar y reconocer los propios prejuicios es una proeza, una conquista intelectual al alcance de no todas las mujeres. No será tampoco un camino feliz pero sí será, desde luego, un punto de no retorno hacia un nuevo paradigma.

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