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Ánimo cabrones, será un año de récord


La regla de tres da 112. Si en los primeros 52 días de 2017, con la polla armada, los machos hemos liquidado a 16 vaginas desarmadas, las que enterraremos o incineraremos hasta el 31 de diciembre serán 112. Ánimo pues, cabrones, que batiremos récords. Será un año inolvidable, escatológico. El viento sopla a favor de la gran matanza. Todo por los coños, y sin bragas, que serán recompensadas aquellas que no las lleven en una disco barcelonesa, aunque tampoco les hacía falta publicitarlo, porque entre las chavalas más modernas está de moda quitárselas en cuanto llegan a la barra y se meten unos chupitos de vodka. Y por las pasarelas de la moda caminan esqueletos. Y toda la industria, de lo que sea, usa los coños a medio vestir como cebo, y en ellos se ceban. Consumid, malditos, consumid: tú, hembra, consume para degenerarte y abrirte; tú, varón, consume para degenerarte y asesinar(las).

La lucha justa de las feministas y los poderes del Estado (estos, solo cuando ven que la sangre ya llama la atención) rememoran la quijotada de Don Quijote en el episodio de los molinos de viento. En la era de la producción global y del instantáneo deglutir, y la repetición indefinida del proceso, es donde se halla el quid. En ese proceso está, pero también en la paralela extirpación de la consciencia mediante las billonarias campañas de la pringosa, obscena y siempre presente publicitación de las mercancías de la vanidad. Solamente una hecatombe del tipo Tercera Guerra Mundial cortaría de raíz este espantoso feminicidio, al menos durante las dos o tres primeras generaciones.

Porque la realidad, a la espera de los efectos de una conflagración nuclear, es esta. Desde los 13 años, y se dan casos a los 12, la sociedad al completo (y doy por hecho que el lector entiende que, al generalizar, lo hago solo en beneficio del estilo literario y en la forzosa cortedad que impone una columna periodística, porque, por lo demás, las excepciones son tantas que apenas pueden ser llamadas excepciones), unida en un destino universal, inicia a las mujeres en su rol de carne fresca, fresca para el consumo, y nada que explicar acerca de este punto: es más que visible, es explícito.

A los padres les importa una mierda qué hacen sus hijos a las dos de la madrugada. A los hosteleros les importa muchísimo que Baco haya reaparecido tan desenfrenado. Al Estado (gobiernos, legisladores, poder judicial, policías variopintas) les importa lo que les importa, o sea, cuando un botellón a reventar de alcoholes y drogas deja un par de cadáveres y algunas decenas de ingresos por intoxicaciones; o también cuando en un macro encierro en una sala donde se agujerean tímpanos y cerebros hay una estampida que destripa a cinco u ocho.

Como la salida de la niñez empieza realmente mal para las chicas que, muy adecuada e interesadamente son así formadas por la sociedad-mercancía, ya son tomadas como putillas y, peor todavía, viéndose ellas mismas en ese papel, la sucesión de acontecimientos se va acumulando según cumplen años y no son pocas las que consiguen graduarse en el más prestigioso título universitario-universal del presente, el de Pieza Cautivante y Cautiva. Dicho sin consideración burguesa (burguesía: engendro hecho a base de frivolidad, impostura, bandolerismo y lodo): las putillas de 13, 14 y 15 años son elevadas de pleno derecho a putas hechas y derechas y, como tales, no es nada del otro mundo que 112 sean sacrificadas en 2017. Una bagatela, vaya.

«¿Quieres divorciarte de mí, zorra de los cojones?»: A saco con el cuchillo de cocina.

«¿Te has enrollado con otro, guarra?»:  Cráneo disuelto a patadas delante de los dos niños de la pareja.

«¿Por qué te vistes como una golfa?, ¿qué, quieres que te miren todos los tíos?»: Estampada en la acera tras ser arrojada desde el séptimo piso.

«He visto cómo lo mirabas, ¿acaso crees que soy estúpido?; quieres follártelo, ¿no?; todas sois iguales, joder»: Molida a palos.

En fin, un catecismo normalizado por un dios masculino, unos padres masculinos (perdón), una economía masculina, unas leyes masculinas y una cultura masculina. Nada que nadie ignore de abrir bien los ojos. Andan estos días los parlamentarios reuniéndose para tratar de atajar la sangría. No les niego una cierta buena fe, pero son unos ingenuos adyacentes a la imbecilidad. Ellos mismos son porción del estatus quo. A La Meca miran los musulmanes, que mantienen la tradición de qué es y cómo debe ser tratada la mujer-bestia. Pero el hombre no musulmán del orbe no puede dejar de mirar de reojo hacia el lugar en el que se levanta el tenderete que guarda la negruzca piedra. Me apetece muchísimo calificarnos de hijos de puta, pero incurriría en una contradicción con el espíritu de lo hasta aquí escrito. No obstante, y por ser el insulto más rabiosamente efectivo, y sabiendo que las madres no son putas, no es un calificativo que no desvele lo que somos (los hombres).

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