Un país de ladrones


No puede oler más a podrido. Quiso la casualidad -es decir, el latrocinio generalizado- que en pocos días coincidiese todo esto: las sentencias del caso Nóos y de las tarjetas black; el renacimiento del tres por ciento, esa larga historia de corrupción política que niega Artur Mas; el juicio por el expolio del Palau de Barcelona; la petición a tres hijos de Pujol para que aclaren el origen del dinero que llevaron a Andorra; la petición de cárcel para seis hijos de Ruiz-Mateos por la estafa de Nueva Rumasa; el presidente de la Región de Murcia, pendiente de cese; ayer mismo, el juez de la Mata decidió reabrir la causa de la financiación del Partido Popular, la famosa caja b… 

¿Pero esto qué es? «Historias del pasado», responderán desde el Gobierno y, efectivamente, ninguno de estos episodios es de ahora. Son de un tiempo pasado, pero que marca la época actual. Son la mezcla del robo particular y del robo de las cajas comunes. Son la corrupción pública y privada entrelazadas y el reflejo de una etapa donde apropiarse de lo ajeno, engañar al Fisco, traficar con facturas falsas, convertir el cohecho en costumbre, comprar voluntades, practicar la doble contabilidad, o enriquecerse a costa de todos eran tareas a las que se dedicaban personas que entonces nos parecían respetables.

Y eran ladrones. Bueno, matizo: presuntos ladrones, algunos de los cuales conservan su derecho a la presunción de inocencia. Pero presuntos ladrones de etiqueta, de honores en las recepciones y en algún caso de uso y disfrute de coche oficial. ¿Cómo no va a estar escandalizado y cabreado el pueblo español? Mientras los padres empezaban a saber que sus hijos ya no vivirían como ellos; mientras esos hijos terminaban sus estudios para iniciar una larga carrera en el desempleo; mientras se engendraba una crisis que iba a provocar desahucios y llevar a miembros de la clase media a los comedores sociales; mientras se preparaba una devaluación de salarios, una larga serie de sinvergüenzas llenaban sus bolsillos de dinero ajeno y sucio o entregaban a amigos el negocio de la obra pública a cambio de fajos de billetes.

Esa indignación, ese cabreo, sale ahora, cuando el aparato judicial empieza a cuadrar cuentas y nombres. El desaliento es inevitable. Y más, al ver el uso de algunas corrupciones. Por ejemplo, las que se utilizan para decir que son denuncias falsas del Estado contra el soberanismo catalán. O las voces que sitúan todo en el pasado, como buscando una amnistía encubierta. O las voces que justifican el expolio del Palau porque lo estafado por Nueva Rumasa fue mucho más. ¡Qué indecencia! Ya ignoro si fueron peores los robos masivos o el uso político que ahora hace gente con tanto poder.

Un país de ladrones