Carmena y Venezuela


Uno de los aspectos más cuestionables de la tradición de izquierdas ha sido y es la necesidad de buscar referentes políticos gubernamentales. La dialéctica amigo / enemigo sigue presente en buena parte de quienes nos reconocemos dentro de esa tradición y tendemos a embellecer a aquellos que consideramos de nuestro lado y a considerar que aquellos otros que tenemos enfrente son la encarnación de un mal completo y sin claroscuros. 

El régimen venezolano ha ejercido ese papel de referente durante los últimos lustros y, se reconozca más o menos abiertamente, para buena parte de la izquierda más activista el chavismo ha sido un modelo en el que mirarse y al que admirar. La progresiva decadencia del régimen bolivariano, particularmente tras la muerte de Hugo Chávez y la presidencia de Nicolás Maduro, se ha unido a la estrategia de la derecha española, que trata de rentabilizar el deterioro del régimen venezolano como punta de lanza en su batalla contra el movimiento transformador que ha irrumpido en los últimos tiempos en el panorama político español. 

Pero más allá de la estrategia del gobierno conservador para deslegitimar a Podemos por la vía venezolana, mucho más allá de cualquier maniobra política, existen valores que son irrenunciables los plantee quien los plantee con intenciones más o menos honestas. La realidad nos demuestra que en Venezuela se producen violaciones de los derechos humanos, existen presos políticos y se limita de forma muy alarmante la libertad de los medios de comunicación. Cosas que en nuestro país no toleraríamos de ninguna de las maneras parecen ser asumidas al otro lado del charco por una parte de la izquierda europea, en un gesto de paternalismo y de relativismo moral que casa mal con los valores de un pensamiento crítico y progresista.

Manuela Carmena ha tenido esta semana un gesto de valentía y de honestidad que le ha situado en el centro de la diana de aquellos que reparten carnets de izquierdismo. Votar con el PP y con Ciudadanos no es fácil. Tampoco lo es romper la disciplina de su grupo municipal o poner por delante la ética a las estrategias políticas. Pero a algunos nos ha dado una lección de lo que debe ser el comportamiento de los representantes de los ciudadanos en las  instituciones.

No cabe lugar a dudas de que la gestión municipal en Madrid es muy mejorable. En algunos aspectos el equipo de Carmena ha demostrado inexperiencia y ha cometido errores que es necesario evidenciar. Pero la importancia de la alcaldía de Manuela va más allá de las políticas concretas. Tiene que ver con un estilo propio, con una capacidad de diálogo infinita y con un pluralismo del que la izquierda tradicional no puede presumir. La regidora madrileña ha puesto en valor algo tan importante como es el consenso y los principios por encima de las filiaciones políticas. Se podrá estar más o menos de acuerdo con Carmena pero nadie podrá negar, ni siquiera sus más acérrimos enemigos, que la alcaldesa de Madrid es un ejemplo de honestidad y coherencia que no abunda en la política. Desgraciadamente siempre es más fácil criticarla que parecerse a ella.

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