Cinismo de tránsfobos y anticatólicos

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

La casualidad hace que coincidan en el tiempo dos hechos que vuelven a poner sobre la mesa el eterno debate en torno a los límites de la libertad de expresión en España. La polémica la protagonizan tránsfobos y anticatólicos. Es decir, quienes odian y desprecian la transexualidad y la diversidad de género -y por extensión cualquier concepción del sexo que se salga del canon de la doctrina católica-, y quienes odian y desprecian a la Iglesia católica -y por extensión a todos sus fieles-. Por un lado, la organización ultracatólica Hazte Oír saca a la calle un autobús con el lema «Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo. Que no te engañen». Más allá de la estupidez del mensaje, es evidente que en el ánimo de esa iniciativa está no solo atacar al colectivo de transexuales, a los que se les niega la propia existencia, sino también a quienes defienden sus derechos, acusándolos implícitamente de «engañar» a los niños por inculcarles la idea impecablemente constitucional de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, independientemente de su condición o su orientación sexual, y tienen los mismos derechos. 

En el otro lado, se proclama Drag Queen del carnaval de Las Palmas de Gran Canaria a Borja Casillas, que comenzó su espectáculo musical disfrazado de Virgen María, con todos los símbolos católicos incluidos y acompañado de un coro de bailarines caracterizados de cofrades de Semana Santa, y lo acabó representando a Cristo crucificado y cantado este estribillo en la propia cruz: «¿Quieres mi perdón? Agáchate y disfruta. Siéntelo en tu boca. Arrodíllate». También en este caso, más allá de la indiscutible imbecilidad de semejante número, es evidente que hay una intención de despreciar todos los símbolos de la Iglesia católica, haciendo burla y vejación de sus creencias, y que el autor del esperpento era perfectamente consciente de que estaba ofendiendo gravemente a todos los católicos. Imagínense por un momento qué ocurriría y qué estarían diciendo algunos de los que ahora la defienden, si la Drag Queen hubiera ejecutado ese mismo número disfrazada del profeta Mahoma.

Ambos acontecimientos han acabado, a mi juicio con razón, en manos de la Justicia. Un magistrado ha impedido circular al autobús tránsfobo y la Fiscalía estudia si abre o no una investigación de oficio sobre la actuación en el carnaval canario ante la hipotética comisión de un delito contra los sentimientos religiosos. Ni una cosa ni otra deberían estar permitidas.

Pero, más allá de lo que decida la Justicia, lo ocurrido pone de manifiesto el cinismo de quienes, como el Ayuntamiento de Madrid, se escandalizan por los ataques a los transexuales pero justifican las ofensas a los católicos en aras de la libertad de expresión. Y también el doble rasero de quienes, como el obispo de Canarias, consideran una «frivolidad blasfema» el espectáculo transformista y reclaman respeto a la Iglesia, pero no dicen nada cuando Hazte Oír ataca a los transexuales. Libertad de expresión: ¡cuántas estupideces se cometen en tu nombre!