En las democracias parlamentarias, las mayorías absolutas suelen ser una excepción. Lo más habitual es que quien gana las elecciones tenga que negociar con otras fuerzas para articular una mayoría. Las fórmulas habituales son el Gobierno de coalición o el pacto de legislatura. También es posible gobernar en solitario con acuerdos puntuales, pero es prácticamente imposible hacerlo sin un socio de referencia más o menos fiable. Aunque a alguno le parezca lo contrario, de las trece elecciones generales celebradas en España desde 1977 solo en cinco hubo mayoría absoluta. Tras las ocho restantes, con pacto firmado o sin él, cada partido asumió una responsabilidad que le situaba como futuro Gobierno, oposición o socio preferente del Ejecutivo, aunque esos pactos acabaran rompiéndose.
Así fue siempre hasta la irrupción de Ciudadanos en la escena política. Frente a ese reparto clásico de papeles, el partido de Albert Rivera ha decidido innovar, optando desde el inicio por no ser Gobierno, ni oposición, ni socio fiable y preferente del Ejecutivo. O, más bien, por tratar de ser todo eso a la vez. Un excéntrico rol con el que, lejos de nadar y guardar la ropa, como pretende, acaba en tierra de nadie, metido en todos los charcos, saliendo casi siempre escaldado y, lo que es peor, sin aportar nada positivo a la gobernabilidad.
Lo que carece de cualquier sentido es aupar y mantener en el Ejecutivo a un partido del que se reniega cada día. Ciudadanos debería explicar por qué si considera que el PP es una organización corrupta, empezando por su líder, Mariano Rajoy, al que Albert Rivera llama «caradura» y al que acusa de amparar a los corruptos, vota a favor de que sean precisamente ese partido y ese líder los que dirijan los destinos del país. Y si Ciudadanos cree que Rajoy le engaña, lo que debe hacer es romper con él, no apoyar al Gobierno y luego dejarlo en minoría.
Rivera es un líder político joven, pero debería decidir de una vez qué quiere ser de mayor. Si quiere ser Gobierno u oposición. Si quiere ser socialdemócrata o liberal. Si pacta con los que defienden la unidad de España o con los que quieren dividirla. Si quiere facilitar la gobernabilidad del país o ponerla en cuestión cada día. Si quiere que se agote la legislatura o que se convoquen elecciones. Si quiere que gobierne Rajoy o Pedro Sánchez. Pero lo que es políticamente insostenible es pactar con el PP los lunes en Madrid; con el PSOE los martes en Andalucía; con PSOE y Podemos los miércoles en el Congreso, como hizo ayer; los jueves con el Gobierno en la Moncloa y los viernes con Podemos en Murcia. Es posible que la megalomanía de Rivera le lleve a creer que sobre sus espaldas recae el destino y el rumbo político del Gobierno de España y el de todas sus autonomías. Pero debería arrogarse un papel algo más modesto y ser consciente de qué lugar le corresponde a quien solo tiene 32 diputados. Cuando con esa cifra, y a base de pactar un día con unos y otro con otros, se pretende ser todo, lo más probable es que en las próximas elecciones generales se acabe siendo nada.