Bajo un dominio pleno e incontrolado

OPINIÓN

11 mar 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

El 16 de Marzo de 1978, una célula de las Brigadas Rojas encabezada por Mario Moretti secuestró en Roma al líder de la Democracia Cristiana, Aldo Moro. Cincuenta y cinco días más tarde, el propio Moretti acabó asesinando al político italiano con un disparo en la sien y su cadáver fue abandonado en el maletero de un coche aparcado en una calle romana que simbólicamente estaba situada a medio camino entre la sede de la Democracia Cristiana y la del Partido Comunista Italiano.

Moro pasó sus 55 días de secuestro en un zulo construido en un piso de Roma al que los brigadista, en un eufemismo asquerosamente inmoral, denominaban «cárcel del pueblo». En un gesto que ellos consideraban benevolente, los terroristas le permitieron a Moro escribir cartas a sus compañeros de partido y a su familia, que posteriormente serían enviadas por los brigadistas a sus respectivos destinatarios.

Aquellas cartas son un documento excepcional de una época y de las relaciones de poder en la Italia de los Años de Plomo. En sus primeras misivas, Moro empieza exigiendo a sus compañeros de la Democracia Cristiana que muevan ficha para liberarle. Más tarde se lo suplica. Y cuando se da cuenta de que estos, con Andreotti a la cabeza, le han dejado solo, acepta su destino. En una epístola demoledora a los líderes democristianos, les pide que no acudan a su funeral, pues entendía que se habían convertido por omisión en responsables directos de su asesinato. Las últimas cartas son únicamente a su mujer, despidiéndose y afrontando la muerte de un modo admirable, sin claudicar ante ella pero con un realismo extraordinario acerca de su situación y con un amor infinito hacia su familia.