Caricatura del último desafío


Acabo de sentarme ante el ordenador a escribir esta crónica y no me atrevo a recolocar mis partes poco pudendas: según Wikileaks, la CIA me puede estar grabando. Si fuese un personaje importante no me volvería a poner jamás ante un ordenador, porque sabe Dios dónde acabarán después mis imágenes. Pero me aterroriza algo más: si se me ocurre tener un arrumaco con la parienta a la hora de la siesta ante el televisor, leñe, me pueden grabar también. Y tengo que tener cuidado de no ponerme en pelota picada, porque no sabes qué artilugio le está diciendo «mira, mira, qué barriga» a algún agente de la CIA. Y si me pueden grabar incluso con el televisor apagado, ¿por qué no me va a grabar la nevera, de reciente tecnología? ¿Por qué no me va a grabar mi coche, mientras meto el dedo en la nariz en el semáforo?

Ahora, cuando salgo a la calle, salgo embozado, no sea el diablo que me capte una cámara municipal, otra cámara de un comercio, otra del banco de enfrente o esas que llevan los guardias para vigilar la doble fila. No sea que me capten, digo, mientras dirijo una mirada de ansiedad al trasero de una señora que acaba de pasar y después me denuncien por acoso visual. Con estos adelantos -«cousa do demo», diría mi madre- hay que moverse en la calle con la misma seriedad que en la catedral de Lugo. Está claro, por tanto, que las ciencias y las técnicas avanzan una barbaridad.

Tras ese descubrimiento, una duda razonable: si la CIA tiene esos adelantos, ¿por qué no los va a tener la policía española? ¿Por qué no los va a tener la Agencia Tributaria, que es una de las más avanzadas del mundo? Pues, si no los tiene, debería tenerlos. Serían magníficas algunas grabaciones. Por ejemplo: «Oye, Soraya, ¿qué coño he firmado con Albert Rivera?».

Esto que acabo de escribir es la caricatura de un hecho muy grave. Tal como informó ayer Assange, millones de documentos fueron arrebatados a la CIA. Cualquier día aparecen en el mercado y estarán a disposición de quien los pueda comprar. En ellos puede haber escenas íntimas, pero también secretos de Estado, estrategias de defensa o comerciales, asuntos de máximo nivel de los que depende no solo la intimidad, sino la seguridad mundial. O las conversaciones de Trump, de las que Obama llevará la culpa. Y se abre ante nosotros el gran problema: la ciberseguridad, cuya ausencia hace intervenir a Rusia en las elecciones de otros países y desarrolla un espionaje sin precedentes. Ese es el nuevo desafío de este tiempo. Se ha creado un monstruo, el monstruo ha crecido más que los instrumentos para contenerlo y ahora todos estamos a merced de algo ya imposible de controlar. E incluso de custodiar.

Caricatura del último desafío