El invierno del descontento


Cuenta el ex premier británico Tony Blair en sus memorias que en 1979, consumada la derrota de los laboristas por Margaret Thatcher tras aquel winter of discontent en el que los sindicatos, enfrentados a la política económica del gobierno, iniciaron una serie de huelgas salvajes en los servicios públicos que dejaron toneladas de basura sin recoger en las calles, miles de enfermos sin atender en los hospitales y cadáveres sin enterrar en las morgues, un sector del partido, con Tony Benn a la cabeza, logró convencer a la totalidad de la organización de que la verdadera razón de la derrota era que James Callaghan, el primer ministro laborista, había sido demasiado de derechas. Consecuencia de ello, el laborismo, con Michael Foot como líder, se desplazó hacia la izquierda y en ese viraje el partido se escindió. Se formó, así, un nuevo partido por el centro, el Partido Socialdemócrata, que logró atraer un gran número de votantes laboristas moderados y ocasionó que los tories se mantuvieran en el poder durante casi dos décadas. Pues bien, más de treinta y cinco años después, un ex secretario general está a punto de convencer al más que centenario PSOE de lo mismo. Sin embargo, al contrario que personajes como Michael Foot, Tony Benn o el propio Jeremy Corbyn, que siempre habían militado en el ala izquierda del laborismo, el precandidato Sánchez ganó hace casi tres años las primarias que le llevaron a la Secretaría General con un programa y una posición política que en modo alguno podía hacer prever la deriva que ha tomado en éste su segundo intento.

Dejando a un lado el innegable tufillo a oportunismo que desprende la propuesta del precandidato Pedro Sánchez, (nada mejor que repasar la trayectoria política e ideológica de algunos de sus más directos colaboradores y del propio Sánchez), si analizamos su documento programático, «Por una Nueva Socialdemocracia», éste no puede resultar más desalentador. Dicho documento no es más que un batiburrillo de ideas añejas, tópicos y lugares comunes. Todo ello hace pensar a muchos observadores que ese pretendido giro a la izquierda es más una pose (puño en alto y canto de la Internacional incluido) que un verdadero giro programático e ideológico, en un desesperado intento por ganarse el apoyo de la militancia del partido, tradicionalmente más escorada a la izquierda que sus dirigentes y que el resto de los votantes. Ciertamente, un líder político que en pocos meses y sin solución de continuidad, estuvo dispuesto a pactar con dos partidos tan dispares como Ciudadanos y Podemos, a fin de alcanzar el poder, no parece que tenga unos principios ideológicos muy sólidos, más allá del consabido «no es no».

Por otro lado, el modelo de partido que se nos propone, con la constante y reiterada llamada a la «militancia» y a «los militantes» como «columna vertebral» del partido y «artífice del nombramiento de los cargos electos», supone una ruptura con el modelo de los partidos socialdemócratas europeos en general y del PSOE en particular. Desde que en 1911 el sociólogo alemán Robert Michaels publicó su obra «Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna», en la que recogía su famosa «ley de hierro de la oligarquía», todos sabemos que en las sociedades modernas, las organizaciones sociales y particularmente los partidos políticos de masas, entre los que se encuentran los grandes partidos socialdemócratas europeos, necesitan de una estructura burocrática, que asegure su funcionamiento más o menos democrático y el cumplimiento de sus objetivos finales de transformación social. Es cierto que dicho sistema debe ser corregido a fin de evitar una excesiva burocratización y la tendencia al anquilosamiento (el sistema de primarias es un intento acertado en ese sentido), pero pretender sustituir este modelo por otro puramente asambleario en el que entre el líder elegido y los militantes no haya nada más, será otra cosa (populismo, socialismo de corte bolivariano,…), pero en modo alguno un modelo socialdemócrata moderno. Realmente, nos encontraríamos así con una visión populista y asamblearia de modelo de partido, con un líder todopoderoso en la cumbre, a imagen y semejanza de los experimentos populistas surgidos a la izquierda y a los que se considera aliados naturales.

Mi experiencia me dice que, por el contrario, el votante del PSOE es un votante moderado, progresista, que nunca ha tonteado con la extrema izquierda, de la que desprecia tanto su falsa base intelectual como su amateurismo. Su apoyo al socialismo y a la socialdemocracia es sensato, natural y surge de la experiencia de la vida real, encontrándose por ello muy alejado de las veleidades pseudopopulistas que atraen a muchos de los dirigentes actuales del partido. Y es este electorado el que está esperando que el partido, a través de los distintos candidatos en liza, le ofrezca un proyecto progresista y renovador, riguroso y viable, lejos de las meras consignas y de los eslóganes de campaña. Seguimos a la espera.

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