Con papel de fumar


La libertad de expresión, a la que algunos quieren poner ahora cinturón de castidad, es, como todas las libertades, una cosa muy útil. No solo porque lo mismo te da un G. B. Shaw que un Chesterton, sino porque permite que los bárbaros se autorretraten. A mí me gusta que la gente hable sin freno, incluso que se ponga en ridículo con sus afirmaciones y sus buses, porque así sé a quién tengo enfrente y qué pretende. Si les obligamos por ley a tragar bilis y disimular, podemos forzar a los machistas, racistas, antisemitas y demás odiadores a proclamar en público su amor por las florecillas silvestres y los pajaritos, pero igual nos quedamos sin averiguar cuáles son sus verdaderas intenciones. 

Como sigamos así, censurando canciones, tuits, buses, carteles y disfraces, como nos empeñemos en lapidar al que asoma la cabeza entre los barrotes de los dos pensamientos únicos -sí, es una triste paradoja, hay dos pensamientos únicos: uno a mano izquierda y otro a la derecha-, entonces más nos vale arrojar por la borda la historia entera de la cultura occidental, porque toda ella, desde Homero a Rosalía y Bukowski, es, gracias a Dios, pura incorrección política, transgresión, heterodoxia e irreverencia.

No sé si seremos más felices leyendo informes de Naciones Unidas y otros textos inocuos -los únicos tolerados por pieles hipersensibles-, pero nos haremos más débiles frente a los auténticos malvados, que entrarán hasta la cocina mientras estamos ocupados linchando en la plaza del pueblo a un párroco que se ha disfrazado de Hugh Hefner.

Vivimos tiempos en los que no es que haya que cogérsela con papel de fumar, es que a este paso ni siquiera vamos a poder decir cosas como cogérsela con papel de fumar.

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Con papel de fumar