Recalcitrantes al poder


Pongamos que usted cree, como el primo de Rajoy, o como en el fondo el propio Rajoy (si nos atenemos a sus políticas), que el cambio climático es un asunto menor y que la opinión mayoritaria en la comunidad científica relativa a los efectos de la actividad humana sobre el planeta es aventurada. Figurémonos que, además, sostiene que la intervención administrativa sobre las actividades industriales para mitigar sus efectos negativos sobre el medio ambiente es un impedimento insoportable para desarrollar las capacidades productivas del país. Imaginemos que su trayectoria profesional ha estado relacionada con lobbies económicos que quieren sacudirse las cargas y limitaciones que las políticas públicas medioambientales comportan. En la era Trump sería usted un buen candidato para dirigir la otrora pionera (se creó en el mandato de Nixon, cuando esta clase de políticas estaban aún fuera del debate en gran parte del mundo) Agencia de Protección Ambiental, que ha sido confiada a Scott Pruitt, quien cumple básicamente con el perfil descrito.

Supongamos que usted es aficionado a las teorías de la conspiración y desconfía de que se promueva la vacunación universal y sistemática de los niños, acusando indirectamente a las autoridades sanitarias de todos los países que las autorizan e implantan, y a la inmensa mayoría de la profesión médica que las recomienda, de ser rehenes de intereses espurios. Imaginémonos que, a pesar de no tener formación en la materia ni respaldo especializado contrastado, consigue dar proyección a su teoría hasta el punto de que el hoy Presidente de EEUU sostuviese en su cuenta de Twitter, naturalmente sin evidencias científicas sólidas, que «un niño pequeño sano va al médico, es inyectado con una dosis masiva de muchas vacunas, no se encuentra bien y cambia. Autismo. ¡Muchos casos así!» (lo hizo, concretamente el 28 de marzo de 2014). Se situará usted en las quinielas para encabezar una comisión de estudio del sistema de inmunización, como lo está el difusor de corrientes contra la vacunación, Robert Kennedy Jr., que ya ha sido recibido por el Presidente para tratar el asunto.

Pongamos que usted es contrario a que el Estado interfiera a través del sistema educativo en la formación que reciben los niños y jóvenes en escuelas e institutos, y que defiende que un servicio de esta naturaleza debe ser objeto de intercambio económico como tantos otros, en aras de la sacrosanta eficiencia del mercado, reservando la posición del poder público en la materia a un papel residual. Con un pensamiento así, en lugar de pelear para obtener dotaciones presupuestarias para su departamento y políticas de personal que permitiesen contar con más y mejores profesionales de la educación, casi vería con buenos ojos el recorte y disminución de medios, dejando el campo expedito a la iniciativa privada. Sería usted la persona elegida para pilotar la política educativa en Estados Unidos, porque más o menos parecida es la multimillonaria Betsy DeVos, Secretaria de Educación y cultivada en el lobby American Federation for Children, que desearía situar al poder público fuera del corazón del sistema educativo; y no precisamente a la manera en que recelaban del Estado los pedagogos anarquistas de principios del siglo XX y sus hermosos intentos de crear una educación popular.

Claro que, probablemente, ni usted ni nadie, o casi nadie, defiende postulados similares -por extremos o exóticos- o, cuando menos, entiende que con ellos se pueda llegar a algún lado que no sea a la práctica del juego dialéctico provocador en una sobremesa o, peor aún, del puro cuñadismo. Pero, el hecho de que el ánimo provocador y el deseo de disolver mucho de lo construido, con una explosiva mezcla de victimismo y perversidad, sea el latido primigenio del trumpismo, ha llevado a que las opciones más disparatadas puedan materializarse en nombramientos y actuaciones políticas concretas. Lo que, por su evidente servidumbre a poderes bien determinados o por su propia irracionalidad, era propio de outsiders, ocupa ahora la centralidad y el control de la agenda pública.

En Europa no estamos tan lejos de este escenario de pesadilla. Defender la discriminación de la forma más zafia y brutal, a la manera del eurodiputado Janusz Korwin-Mikke; insultar abiertamente a comunidades enteras llamándolas «chusma» como ha hecho Geert Wilders con las personas de origen marroquí en Holanda; o decir como Viktor Orbán que “la migración es el caballo de Troya del terrorismo”, por poner algunos ejemplos, ya no te lleva al ostracismo sino a las instituciones y, en algunos casos, a los gobiernos. Y así seguirá, salvo que paremos esta espiral.

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