Rojo español


Ahora que se vuelve a utilizar con ligereza la calificación de «rojo», ya sea para criticar las apariencias ideológicas que se denuncian, ya sea para diferenciarse de un tercero comparando la pureza ideológica de unos y otros, convendría hacer algo de memoria sobre el uso del término en nuestra cultura política.

Durante años, la mera disidencia intelectual del régimen franquista, desde cualquier posición que se manejase, era suficiente para atribuir la etiqueta de «rojo» a quien se separase del credo nacionalcatólico. Rojo era Carrillo, naturalmente, pero también los participantes en el «Contubernio de Munich» (desde democristianos a liberales, entre otros) o los cristianos de base comprometidos con el progreso de la clase trabajadora, por poner algunos ejemplos. La simplista agrupación de todos los que pensasen de forma diferente a la doctrina franquista bajo el mismo adjetivo vino de lejos, no en vano al Ejército de la República se le llamaba por los alzados el Ejército Rojo (recuerden el archiconocido parte final de guerra). En esto de las generalizaciones inquisitoriales, el primer franquismo fue particularmente lejos, como nos demuestra la grotesca Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo que decía «a los efectos de esta Ley se consideran comunistas los inductores, dirigentes y activos colaboradores de la tarea o propaganda soviética, trotskistas, anarquistas o similares»; ahí sí, en un mismo pañuelo (o mejor dicho, bajo la misma bota represora, vista la ferocidad de aquella Ley), todos agrupados, como conmina letra de La Internacional en sus distintas versiones. Ahora nos reímos de tanta zafiedad, pero esta tenebrosa forma de proceder, además de provocar pavor y muerte, algún resabio dejó en nuestra historia.

«Rojo español» era la distinción los refugiados huidos del Sur, pidiendo acogida en Francia en 1939 y vilipendiados por la prensa conservadora de nuestro país vecino que, alimentando sus miedos y rehuyendo la mirada al enemigo, cimentaba su propia e inminente derrota. El mismo atributo, en este caso el de Rotspanier, fue el de los deportados españoles en los campos de concentración nazis, cuya clasificación en los registros era ésta, sin distinguir procedencia ideológica, y su distintivo, en el uniforme de rayas, el triángulo con la «S» en el medio. De entre las múltiples pertenencias culturales de Semprún, deportado en Buchenwald, activista comunista clandestino en Madrid, disidente ante la influencia soviética (ya antes de la invasión de Checoslovaquia de 1968, que tantos ojos abrió), Ministro de Cultura de un gobierno de práctica socialdemócrata, escritor español en lengua francesa y, ante todo, gran europeísta, la que sobresalía, la verdaderamente identitaria con toda su fuerza y de la que decía que «es una manera de ser válida en todas partes» (El Largo Viaje, 1963), era la de «rojo español». Identidad que, por cierto, en su profundidad, nada debería tener que ver con el maniqueísmo ideológico ni con la disparatada carrera en demostrar credenciales de ortodoxia, cuando el origen del término proviene de la condición desarraigada y proscrita del exilio español, incluyendo el exilio interior.

La referencia a la propia figura y pensamiento de Semprún, alérgico a los autoritarismos y a las subculturas de partido y sus endogamias, es válida para desautorizar el absurdo comportamiento que es tanto, entre gentes de izquierda, en el exceso de la escaramuza interna, arrojarse el término a la cara, tal que si fuese un desdoro; como exhibirlo para pasar el control de calidad ideológica a quien milita en las mismas filas y con quien supuestamente se comparten lucha y esfuerzo.

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