Trump y el chocolate

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa CON LETRA DEL NUEVE

OPINIÓN

Trump no es un anfitrión cualquiera. Lo sabe bien el presidente chino, Xi Jinping. El pasado jueves, mientras decidía si bombardeaba o no Siria, primero tuvo que ocuparse de una tarta de chocolate en su mansión de Mar-a-Lago. Se lo contó así a una periodista de la Fox:

-Estábamos tomando el postre, y teníamos un trozo de la tarta de chocolate más bonita que hayas visto en la vida, y al presidente Xi le estaba gustando mucho.

Durante la entrevista, se percibe que a Trump le preocupa más el postre que el ataque. De ahí el lapsus y la reverencial corrección de la entrevistadora.

-Así que lo que pasa es que acabamos de lanzar 59 misiles a Irak.

-A Siria.

-Sí, a Siria.

Irak, Siria, qué más da. El caso es que tenemos la bomba más grande del mundo, la madre de todas las bombas, solo por debajo del armamento nuclear, y habrá que usarla en algún momento para demostrar a rusos, norcoreanos, sirios, iraquíes, a la obsoleta OTAN, a la decadente UE y, sobre todo, al New York Times quién manda aquí.

Así que una semana después de atacar Siria, ayer mismo, Trump sacó del silo la bomba GBU-43, un proyectil naranja de diez toneladas, y la lanzó contra la facción afgana del Estado Islámico. Porque a Trump no le gusta la verdad. Ni el periodismo. Pero sí las bombas y las tartas de chocolate. Y qué mejor que combinar las dos cosas: comer tarta de chocolate mientras bombardea algún país lejano desde su residencia de Palm Beach. Por esa clase de cosas es por las que uno quiere llegar un día a la Casa Blanca.

Cuentan que Franco también firmaba sus sentencias de muerte mientras merendaba chocolate. No sé que le pasa a alguna gente con el chocolate.