La libido de Isabel V.


Isabel V. vive en el principio y fin de una de las tres ciudades de la Y asturiana. Aún no ha llegado a los cuarenta, aunque el tiempo, que la ha capturado, la lleva veloz a esa edad en la que uno gira sobre sí mismo para encaminarse al no-ser nunca jamás. Tiene dos niños y su marido es, digámoslo así, inocente: amoroso, confiado, dulce, familiar. Un tesoro para una mujer normalizada. Pero Isabel V. no lo está. O, mejor contemplado, es normal porque no hay a-normales. Hay normalizados y no normalizados. Todos somos tan iguales como distintos, adujo Kierkegaard. El etiquetado normal-no normal está estampado por usos y abusos de la moralidad grupal, una geografía de coordenados que clavan a la comunidad en el mar de la tranquilidad, en la firmeza de la roca. Los vaivenes de las olas, el corrimiento de tierras, están proscritos, por el bien común.

Pero Isabel V. no puede estarse quieta. Quisiera estarlo, y lo está las más de las veces, pero también quiere ser arrastrada por tsunamis y terremotos. Desde que tiene noticias de sí, me dijo, la sexualidad fue marejada y huracán. Mientras me contaba sus excesos de juventud y adultez, sin excluirlos en los dos noviazgos y en el matrimonio, me recordó a la Sylvia Plath que, cuando contaba 19 años, escribió en su diario: «Nos retorcemos y agonizamos a causa del fuego espantoso que nos abrasa la entrepierna». En el comienzo está el final, porque el temperamento es destino.

I Corintios, 1, 55: «¿Dónde está, muerte, tu venenoso aguijón?» Este es el interrogante que se hace Isabel V. Porque está exhausta, exhausta de traicionar a su modélico cónyuge, que «acabará pillándome». La segunda vida de Isabel V. aplasta su conciencia, forjada en el anclaje, y se maldice. Yo trato de aliviar su pesar y le explico que no le hace daño, en el sentido ético, porque él cree con la fe del creyente que ella le es fiel. En todo caso, añado, el daño es moral; o sea, social.

Isabel V. quiso corregir el rumbo sugiriéndole algunas desviaciones del campo arado del estancamiento de quienes llevan juntos más de dos décadas, como ellos. Echar al entrecot una pizca de morbo. Sazonar la carne. Le sugirió ir a un club de intercambio de parejas. No era necesario participar, puntualizó, para atenuar el shock de la indecente proposición. Solo mirar. Solo constatar si les iba o no. La idea era, me dijo que le dijo a él, el deshielo del erotismo, que lo erótico tomara el mando: picardías, atrevimientos sutiles privados y públicos. La materialización fue un fracaso. Él, sencillamente, no podía.

Vinieron a continuación unos meses, inmediatos a hoy, en los que Isabel V. se aventuró en solitario. Primero practicó un exhibicionismo que yo juzgué cándido. Ejemplo. Un mediodía salió de compras con un traje de chaqueta y pantalón. Desabrochó la chaqueta al entrar en una cafetería y se la quitó al sentarse en una mesa. Se acodó y formó una figura triangular con los codos haciendo de ángulos de la base, y el superior, con las manos, una sobre la otra, y ambas pegadas a la barbilla. Bajó una de las manos para disolver el azúcar en la taza. Otra vez para coger la taza y sorber. Reposó los antebrazos en la mesa para hojear el periódico. Apoyó la parte alta de la espalda en la silla y forzó su cuerpo a seguir una línea convexa mientras ojeaba el móvil. Estos gestos, amén de otros circunstanciales, eran una presentación «en sociedad» de sus pechos, que abultaban tras la camisa de encaje negro clásico. Vio miradas que huían y otras no tanto. El camarero que le sirvió hacía recorridos innecesarios.  

Concluyó y yo le hablé de mis sencillos conocimientos de la fisiología del cerebro y del sistema endocrino, que deparaban distintas libidos, de igual manera que inclinaban a unos hacia la homosexualidad y a otros hacia la heterosexualidad, y le argumenté el empadronamiento en la misma circunscripción del oscurantismo sexual con el populismo nacionalista, el racismo y la xenofobia. Ella asintió y noté que abandonaba el azoramiento. Quizá fue este valimiento lo que le dio fuerzas para referirme una de sus más exigentes fantasías.

La fantasía exigente consistía en que varios hombres eyacularan en su rostro (bukkake en la terminología inglesa). Soñaba con un baño facial de semen, y distribuirlo por la frente, los pómulos, los labios, el cuello, los pechos. Acelerada, me confesó que, por fin, lo había hecho, una noche de sábado no lejana en la que su marido estaba de viaje y sus hijos con sus suegros. Fue en el club con el que había ido con su maravillosa y «apática» (fue la palabra que empleó) pareja. No me dio muchos detalles. Estaba, como acabo de escribir, acelerada, y habló con presura y fue al grano: llegó, se acercó a la barra, pidió un gin-tonic, se presentó un caballero, le preguntó al caballero si conocía a otro («sí»), los tres se fueron a un reservado, follaron sin miramientos y les pidió que no se corriesen en los condones, sino en su cara. Lo hicieron, y apareció en escena otra persona que eyaculó pronto, y una cuarta, más impaciente que la anterior. Había algunos más («hacían cola»), pero les dijo que se iba («no sé, Eduardo, no sé por qué paré»). En el baño del club se miró al espejo, se lavó las manos, se sacó unas fotos y se enjabonó bien toda la piel anegada. Salió, y en la calle, caminando hacia su coche, reparó en su contento. Nosotros también salimos a la calle, y me abrazó. «Eres un amigo especial para mí», me dijo. «Es un honor serlo, Isabel», le contesté sinceramente.

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