Cocina a la intemperie

Luis Ordóñez
Luis Ordóñez NO PARA CUALQUIERA

OPINIÓN

07 may 2017 . Actualizado a las 08:48 h.

Un momento ya sólo todavía para seguir con el tema antes de que se apague la polémica por el caso de los becarios explotados en restaurantes de alta cocina. Un momento antes de que se extinga para abrir paso al gran debate sobre las causas y orígenes de esta mengua hasta el raquitismo de La Grandeur de Francia (qué maravilla leer cómo nos alertan contra la equidistancia ante la ultraderecha al norte de los Pirineos los mismos que justifican cada día cualquier prebenda de la anterior dictadura en España). Un momento apenas. 

Hay que darse cuenta de lo descriptivo que ha sido el debate. Cómo Jordi Cruz cambió su versión sobre el trabajo de esos «ayudantes» cuando la denuncia se le incendiaba como un horno sin atención ?que pasó de decir que sin ese trabajo gratuito su negocio no sería sostenible a asegurar que por supuesto que no, que era todo formación y que tenía pinches de sobra remunerados?a la par que un montón de gente defendía que son cosas normales y hasta positivas, casi que tendrían que pagar ellos a Cruz por enseñarles. Porque lo cierto es que esta situación no se limita a la hostelería ni mucho menos a la de lujo, el fraude laboral es estructural en el país y afecta a todos los sectores. Aún queda la posibilidad de denunciar y que un juez sancione lo que es cotidiano, pero la fruta está madura para que se dé carta de legalidad al esclavismo. Y con aplausos.

No se pagan la mitad de las horas extra realizadas en España, cada encuesta de la EPA nos detalla que los contratos temporales no bajan del 90% cada mes, eso cuando hay contrato porque se ha extendido con impunidad desarrollar la labor a fuerza de falsos autónomos (en la construcción en Asturias hay más que asalariados); todavía la pasada legislatura los camareros de la cafetería del Congreso de los Diputados cobraban en negro porque la legislación que se aprueba en el hemiciclo no tiene capacidad de imponerse a 20 metros del pasillo.

Nadie se atrevería a decir «si pago la luz o el alquiler del local mi negocio sería insostenible» pero sí se puede hacer con el trabajo, que es un bien más del mercado. Hay una diferencia crucial y es que ese esfuerzo, o ese talento, que precisa la empresa y por eso debe pagarlo, lo ofrecen seres humanos. Considerarlos un objeto más, y el eslabón más débil de la cadena, no tiene nada de liberal y sí de totalitarismo que sólo ve en las personas carne de cañón. No hay más humanismo aquí que defender fieramente los derechos laborales. También, quizá por encima de todo, por el interés colectivo y el bien de la economía en general.

Porque lo cierto es que esta explotación sistemática frena nuestro desarrollo. No se puede sostener una economía moderna sobre la precaridad eterna; lo mejores se irán siempre y siempre también habrá países que puedan rebajar aún más los salarios. No tiene nada de innovador ni nadie es un gran estratega del marketing si todo su éxito se basa en contar con que la necesidad es tan extensa que habrá colas para pelearse por una miseria. Nuestro sistema de la Seguridad Social y pensiones no lo soportará, apenas puede ya. Y si está carcomido no es por ningún derroche ni ningún dispendio de gasto público sino por la codicia consentida en el justo pago de cotizaciones.

Gracias, un resquicio de luz, que Cruz haya pasado un poco de vergüenza esta semana, apenas nada más que eso. Cada día seguiremos yendo a echar más horas que ningún otro europeo en trabajos peor pagados y en peores condiciones, y elogiando además que los vienen detrás de nosotros lo tengan un poco peor, minando el futuro de nuestros hijos con más espinos de los que tuvieron sus padres. Pero la última maldición que escapó de la caja de Pandora fue la esperanza. Y así les susurramos que se si sacrifican tanto de jóvenes luego llegará la estabilidad, más adelante, en unos años. Ese es el último cuento infantil que nos resistimos a dejar atrás. La precaridad en España es eterna, es para toda la vida, es para siempre. Siempre al día, siempre a la intemperie.