La madre


¿Qué es el amor? El amor es el signo lingüístico que empleamos para ocupar el lugar de los padres; en última instancia, para que el útero nos acoja. El útero es la Tierra, es la totalidad del Cosmos, es el Hogar primario y último. El útero es la más perfecta de las moradas, y es eterna, restando la vida fuera de él, porque la vida es el Infierno. En el Infierno hay quienes han perdido el sentido del tacto y no gritan el dolor del abrasamiento; estos son los que dicen que son felices, signo lingüístico emparentado semánticamente con este otro: papatostes. Y el útero pertenece en exclusiva a la mujer. La Mujer-Madre.

(Sobre mi escritorio tengo una reproducción a tamaño de la Venus de Willendorf, una talla de mujer hallada en Austria que tiene alrededor de 24.000 años (Paleolítico Superior). Es una figurilla que tiende a la redondez, con el vientre exageradamente abultado, para albergar a un útero convidador. Luego, en el Neolítico, los habitantes de la Vieja Europa esculpieron divinidades femeninas relacionados con el agua y el alimento, sustituidas a lo largo del IV milenio antes del presente por la Diosa Tierra indoeuropea, la Gran Madre)

La mujer no es una puta, ni siquiera las prostitutas, ni siquiera las burguesas casadas para echar insatisfechos polvos a cambio de ser burguesas. El hombre las denigra con tal afrenta porque no soporta a la Creadora. Nos cagamos en Dios porque es el Creador, aunque sea un Creador imaginario en la existencia del vacío y en el horror del fin: proyectamos así la supervivencia sinfín, como el náufrago que se aferra al trozo de tabla. Somos náufragos y Dios es el trozo de tabla.

La desconcertante certeza de la Mujer-Madre, incubadora y amamantadora del ser-que-soy, aplasta a Narciso, que no se arroja al lago-espejo; arroja a la hembra, su espejo, atormentado por la visión. La madrastra de Blancanieves, más que dar la manzana envenenada a esta, muerde ella su propia manzana, la de las heces de la frustración. El hombre es la frustración perenne ante el inalcanzable prodigio de la Diosa Blancanieves. Le damos, para desmentirla, manzanas emponzoñadas, pero ¿cómo destruir a la Madre Ontológica?. El Génesis ya lo intentó haciéndola ser una costilla de varón. En vano. Banal cuento del patriarcado. Sinestesia inconsciente. La realidad es lo que uno decide, sin duda, pero la Realidad es la Madre. La primera es el engaño de cada día, el pan nuestro de cada día. La segunda, la Realidad, no es decepción.

(Cantar de los Cantares, 7,3: «Tu ombligo es copa redonda donde no falta el licor. Tus dos pechos son dos crías mellizas de gacela»)

Es irrelevante para la Biología, la tercera de las ciencias puras, la virginidad de María, un cuentecillo dogmático que el Vaticano se sacó de sus anchas mangas casi cuatrocientos años después del nacimiento de Jesús. Pero esa virginidad es relevante para hoy, el Día de la Madre, aun en la atmósfera de lo onírico: la Gran Madre que no precisa de la simiente para quedar preñada. Madre-Útero el Todo. Apoteósico.

(Lucrecio: «La tragedia del coito es la eterna virginidad del alma»)

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