Patriotas y mundialistas


Los rápidos cambios en el panorama político francés están siendo objeto de análisis de lo más variopintos, muchos guiados por la necesidad de clasificar y entender con urgencia un fenómeno de fuerza inusitada. Ciertamente, ya podemos decir, como el replicante Roy Batty, aquello de «he visto cosas que vosotros no creeríais», eso sí, llevado al más prosaico terreno electoral. Contemplar al Partido Socialista pasar de ostentar la Presidencia de la República y de disponer de la mayoría en la Asamblea (aunque debilitada por las disidencias) a quedarse con un 6% y comenzar su desintegración; comprobar como el candidato favorito para llevarse las elecciones de calle (Fillon) quedaba fundido por su propia falta de escrúpulos e integridad; constatar con horror que Le Pen ganaba en 27 de los 98 Departamentos en juego en la primera vuelta; o asombrarse con la confusión del tribuno Mélenchon al romper el frente republicano en la segunda ronda cuando el techo del Frente Nacional aún no estaba claro (antes del debate final, claramente ganado por Macron). Todo eso lo hemos podido observar desde la primera fila. Las explicaciones dadas, sin embargo, resultan insuficientes, porque el fenómeno continúa desarrollándose y es de una amplitud tal -en sus raíces y sus efectos- que resulta imposible encuadrarlo y asimilarlo en su plenitud.

La tesis más extendida me parece singularmente inquietante y puede que contraproducente. Según esta interpretación, hemos asistido a la superación definitiva de la contraposición entre izquierda y derecha, con dos candidatos finalistas que se desprenden con éxito de esas etiquetas y que optan, ya sea por una visión integradora de elementos del liberalismo y de la socialdemocracia (en el caso de Macron), ya sea por una combinación de nacionalismo duro y proteccionismo estatal (en el caso de Le Pen). Habría eclosionado, en el campo electoral, como debate predominante, el antagonismo entre los que teóricamente mantienen una postura favorable al proceso de globalización (mondialisation, dicen nuestros vecinos del Norte) y sus corrientes liberadoras de energía, por un lado; y, enfrente, los que creen posible refugiarse en el viejo Estado-nación, la exaltación de una identidad patria amenazada y el recurso a una economía cerrada. Las dos personas que encarnan ambas posiciones representarían la forma más pura de ambas alternativas: el joven políglota surgido de la educación de élite y curtido en la banca de inversión, frente a la heredera del legado populista, enrollada en la bandera y dispuesta a excitar los peores jugos gástricos de una sociedad que teme, justificadamente, perder sus conquistas. La división entre derecha e izquierda sería cosa del pasado, lo que justificaría que algunos de los viejos conservadores acojan el liberalismo social de Macron o incluso toleren su crítica al pasado colonial francés (que calificó de crimen contra la humanidad); o que las zonas desindustrializadas respaldasen a Le Pen, una parte de los votantes de Mélenchon le apoyasen y los obreros en lucha de la Whirlpool de Amiens la recibiesen afectuosamente.

Evidentemente, la contradicción entre ambas corrientes existe y, cuando hablamos de un país de nuestro continente, el posicionamiento en relación con el futuro de la Unión Europea y la moneda única es uno de los elementos determinantes más patentes. Pero plantear que esta dicotomía es prioritaria y justificada, es, primeramente, simplista. No me imagino a Macron ni a su gobierno desentendiéndose del interés nacional de Francia en ninguno de los debates que surgirán sobre la construcción europea y las relaciones internacionales, o supeditándolo al libre juego de las fuerzas del mercado. Y tampoco me figuro a Le Pen abrazando el sueño de una sociedad igualitaria y alejada de las jerarquías sociales donde las oportunidades no se midan en función de la riqueza. En suma, los vectores de igualdad y libertad que Bobbio establece como ejes para la diferenciación entre izquierda y derecha siguen siendo, en buena medida, válidos. La vigencia de esa dualidad no impide, sin embargo, distinguir el envejecimiento mal llevado y la dificultad de adaptación a los cambios de democristianos y socialdemócratas, entre otras tendencias políticas añejas, en riesgo de pasar a un segundo plano.

Dicha división entre patriotas y mundialistas es, además, peligrosa, porque sitúa la disputa pública exactamente donde el populismo nacionalista se siente más cómodo. Donde puede encontrar, en la erosión de las fronteras y la difuminación de la idea nacional, la causa de todos los males (también los que aquejan a los perdedores de la globalización). Y donde nadie, ni siquiera la izquierda alternativa antiliberal, puede -a la larga- ganarles. El propio objeto último de ese debate, la soberanía, es en sí mismo un constructo debilitado, porque el escenario global en el que nos movemos no va a experimentar repliegues sustanciales (salvo en caso de confrontaciones catastróficas, claro). Sólo confluyendo en estructuras de integración y cooperación que sean cada vez más intensas podrán los poderes públicos aspirar a llevar a la práctica efectiva sus facultades, gobernar el proceso de globalización y ordenar las muchas tensiones políticas, culturales y -sobre todo- económicas, que superan las fronteras de cualquier país, por importante que sea.

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