Dilemas


El PSOE se encuentra ante una encrucijada histórica en la que se juega su futuro. El resultado dependerá de varios dilemas que habrán de ser resueltos en el período congresual que ahora comienza. El primero y fundamental, si sus líderes optan por la integración o por la revancha. La campaña ha evidenciado un nivel de animadversión personal, rayano con el odio, que, si no se frena desde ya, puede desembocar en un ajuste de cuentas que despedace el partido. Ya lo dijo Zapatero a este periódico: el primer reto del nuevo secretario general será recomponer hasta los afectos. La integración requiere altura de miras del ganador, pero también lealtad por parte de los perdedores.

Con su engañosa dicotomía aparato-militantes, Sánchez corre el riesgo de convertir el PSOE en lo que nunca ha sido, un partido cesarista. La legitimidad del secretario general es incuestionable, pero no lo es menos la de los dirigentes territoriales. Cada uno en su ámbito y en sus competencias. El cruce de descalificaciones, incluido el reparto de carnés de buen y mal socialista, es un signo de descomposición. El PSOE ha sido históricamente un partido descentralizado y con un complejo equilibrio de poderes. Hasta Felipe González, en sus tiempos de máximo poder, tuvo que lidiar con sectores críticos y negociar equilibrios internos. El aparato de los partidos no es solo un contrapoder, es un elemento de debate y reflexión necesario para la toma de decisiones informadas. Saltárselo para recurrir directamente a la militancia no necesariamente es más democrático. A veces es justo lo contrario.

La integración personal medirá también la integración ideológica. La izquierda es un concepto más amplio de lo que defienden puristas y dogmáticos. La disputa entre lo que ahora representan Sánchez y Díaz ha sido una constante en la historia del PSOE. Pero solo cuando ambos sectores han sido capaces de convivir los socialistas han ganado elecciones y han sido provechosos para España.

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