Viralizando bulos y falsas noticias


Es más barato propagar una patraña que difundir su desmentido. Ayer fue muy asequible hacer circular por Twitter -y lograr una gran repercusión- falsas denuncias de personas desaparecidas tras la masacre terrorista en Mánchester. «Mi hijo estaba hoy en el Arena. No responde al móvil. Por favor, ayuden». Este mensaje, que incluía una foto de un joven, lo escribió un usuario de Twitter con unos cientos de seguidores. Se convirtió en viral. Logró más de 19.000 retuits de gente que quería ayudar tras el atentado. Tenían buena intención. Pero erraron. El mensaje era falso. Lo había escrito un trol que se aprovechó de la solidaridad de los internautas para cosechar notoriedad y repercusión con sus típicas armas: la burla, la manipulación y la mentira.

El joven de la imagen era un conocido youtuber. Él destapó el engaño. Aseguró que se encontraba muy lejos y lamentó lo sucedido. Esa no fue la única trola que logró gran notoriedad y más de diez mil retuiteos. Hubo más historias de víctimas que no existían que circularon a gran velocidad. También se le dio pábulo a la irreal presencia de un hombre armado en un hospital.

Es una competición desigual. Medios digitales, radios y teles exprimieron sus recursos para contar toda la jornada, toda la información posible sobre la tragedia, pero otros se dedicaron a vomitar basura alegremente y sin coste alguno. Los infundios traspasaron las fronteras del Reino Unido. Y provocaron la respuesta de organizaciones como la Guardia Civil, que volvió a apelar al sentido común de la gente y reprochó a los #TontosdelBulo que estuvieran «viralizando falsedades».

Conviene recordar la historia de un escritor sij llamado Jubbal. Cuando tuvieron lugar los atentados de París varios creadores de bulos difundieron su imagen como la de un sospechoso. Hicieron lo mismo con el ataque de Niza del verano. A él le costó mucho defender y reconstruir su reputación. Y al youtuber protagonista a su pesar del falso tuit le supondrá un gran esfuerzo evitar que su imagen quede asociada para siempre a un montaje. No es la primera vez que pasa. No será la última.

El mundo descubrió el poder destructivo de las noticias falsas (fake news) cuando buscaba explicaciones al sorprendente triunfo de Trump. La opinión publicada puso entonces en cuestión los algoritmos que favorecen la propagación de los bulos en las redes. Y abrió un debate que aún no se ha cerrado sobre los controles que los gigantes de la Red ejercen sobre la calidad de los contenidos que priman y que muestran a millones de personas. La reciente revelación por parte del diario The Guardian de la poco coherente biblia que utiliza Facebook para elegir lo que viraliza y lo que no ha aumentado aún más la controversia. Las decisiones se toman en segundos. ¿Los suficientes para distinguir las noticias de los mal llamados hechos alternativos?

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