La bronca del fiscal general


Manuel Moix no cometió ninguna ilegalidad, tampoco ninguna irregularidad, no había ningún motivo para que se fuera, según su jefe, el fiscal general del Estado, pero renunció cuando llevaba menos de 90 días como fiscal jefe anticorrupción de España.

Moix se merece un premio. En un país en el que las dimisiones suelen costar caras, que alguien se vaya cuando no ha hecho nada malo es digno de elogio, ¿no? Entonces, ¿por qué se indigna la gente en las redes? ¿Por qué la pérfida oposición reclama que rueden más cabezas en la Fiscalía y en el ministerio de Justicia? ¿Y por qué el gobierno, que tanto lo defendió hasta hace dos días, lo ha dejado caer? A lo mejor ha importado algo que tuviera parte de una sociedad en Panamá. O que desde que llegó al cargo, la controversia y las sospechas de partidismo le hubieran acompañado día sí y día también.

Los que ocupan este tipo de cargos suelen ser afines a los gobiernos de turno, pero algunos son más descarados que otros. Moix pertenecía al club de los primeros. También su jefe, José Manuel Maza, que echó la culpa de lo sucedido a los medios, por informar, y se situó en el centro de la diana de la opinión pública. Tal vez Rajoy debería echar cuentas y valorar que, con un Gobierno en minoría, utilizar comisarios políticos no resulta ejemplar.

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