Caprichos peligrosos


Puigdemont sabe que no tiene razón y por eso, cuando la realidad lo deja en evidencia, reacciona como un niño caprichoso, intentando que el mundo se amolde a sus deseos. Pero las cosas no funcionan así, y empeñarse en lo contrario solo abona la frustración. Los nacionalistas tienen toda la legitimidad del mundo para expresar y defender sus posiciones políticas, incluida la de apostar y trabajar por cambiar el marco legal que les impide alcanzar sus propósitos. Es lo que tiene esa democracia española que tanto denostan, que les permite manifestarse libremente como lo que son y que les permite trabajar por lo que quieran ser sin más cortapisa que el respeto a la ley. Que es algo que nos hemos dado entre todos, incluidos ellos mismos. Porque fuera de la ley solo cabe la violencia y la imposición del más fuerte. Es lo que hay y conviene decirlo alto y claro. Que es lo que ha hecho la Comisión de Venecia.

En su habitual juego de ficciones, Puigdemont ha tratado de engatusar a una organización internacional. Y ha salido chamuscado una vez más. Porque es fácil engañar a quien se quiere dejar engañar, a quien confunde deseo con realidad, pero con los demás es imposible. Y la Comisión de Venecia lo ha despertado del sueño. Debe cumplir la ley. Y la ley le permite defender la independencia, pero no le permite ni convocar referendos ni trocear la soberanía. Invertir el argumento para decir que la Comisión de Venecia insta al Estado a negociar es el berrinche del crío maleducado que patalea al no lograr lo que quiere. Nada más. Porque, por mucho que se empeñe, no tiene legitimidad alguna para imponer el referendo. Es solo el capricho peligroso de quien ha perdido la razón.

Caprichos peligrosos