Plurinacionalidad y federalismo

OPINIÓN

06 jun 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En la sacudida política que ha representado la victoria de Pedro Sánchez en el proceso de elección directa de Secretario General del PSOE, y en la decisión de la mayoría de militantes que le han dado su confianza, creo no equivocarme si afirmo que ha pesado poco o muy poco su propuesta de «perfeccionar el reconocimiento del carácter plurinacional del Estado», como recoge el programa de su candidatura. Por una parte, el debate sobre «el ser de España», con resultar persistente en los medios de comunicación a cuenta de las demandas del independentismo catalán, no le dice tanto a una militancia que tiene sus prioridades -justamente- en materias conectadas con el ideario histórico de los socialistas (la redistribución de la riqueza, el trabajo digno, la igualdad, las políticas sociales, la profundización democrática, etc.). Por otra parte, el contexto en el que se produjo la votación interna tenía una serie de ingredientes predominantes (empezando por la crisis tras las elecciones generales y el carácter desabrido de la pugna de poder) mucho más destacados que la discusión abstracta sobre las identidades nacionales. En fin, han sido otros los ánimos prevalentes que han llevado a Pedro Sánchez a la Secretaría General, empezando por las ganas de reafirmar el poder fundacional de las bases y dar un toque de atención a las estructuras intermedias y territoriales de poder interno.

Aunque sea una observación táctica y no de fondo, es discutible, cuando menos, que el PSOE tenga mucho que ganar en esta materia. La voz del PSOE en el debate territorial ha sido, habitualmente, mesurada y sensible al encaje de las tendencias nacionalistas en un proyecto común de España, a veces con errores de cálculo como del que llevó a la dolorosa deslegitimación del voto popular al Estatuto de Autonomía de Cataluña, por un Tribunal Constitucional (TC) al que dejaron pocas alternativas. Ante la posición constructiva -nada sencilla y no exenta de desaciertos, como vemos- de los socialistas, se ha encontrado, sobre todo en los últimos tiempos, la posición ventajista o abiertamente irresponsable de otras fuerzas, que no se enfrentan a dilemas de esta naturaleza en su disputa interna y que están dispuestas a sacar rédito de las tensiones, aunque las lleven casi el extremo. El ruido resultante es monumental y hacerse entender o mediar en estas circunstancias se está volviendo imposible, además de poco productivo en las urnas, como demuestra el fortísimo desgaste electoral de los socialistas en Cataluña y País Vasco.

Evidentemente, ninguno de los argumentos anteriores significa que haya que rehuir el debate territorial. Pero conviene ponderar debidamente el momento en el que estamos y las consecuencias de lo que ahora se propone. Primeramente, tendremos que considerar que, a fuerza de cebarnos en discusiones teóricas donde las posturas son irreconciliables, España sigue sin tener los deberes hechos a la hora de completar su modelo actual, que todavía tiene mucho recorrido por delante. Así, continuamos teniendo un esquema de distribución del poder territorial con importantes defectos, pues al intenso desarrollo autonómico no le ha seguido la consolidación de estructuras federales y de cooperación dignas de tal nombre; y, además ha reverdecido, al calor de la crisis, una tendencia recentralizadora que poco ayuda. Las disfunciones que esto provoca (la más evidente, el fracaso total del Senado como Cámara de representación territorial) y la conflictividad asociada, son difícilmente soportables, dejando además en manos del TC el continuo y arduo parcheo, con el daño consiguiente a la institución. En suma, nadie se ha puesto verdaderamente manos a la obra de la construcción federal y, además, pocos parecen interiorizar lo que realmente comporta, ya sea porque apenas les preocupe el devenir del conjunto estatal (a los nacionalistas, que ni siquiera acuden a la Conferencia de Presidentes) o porque quieran seguir dejándose llevar por las pulsiones centrípetas (el Gobierno central, ejercitando expansivamente sus competencias estatales a despecho de las atribuidas a las Comunidades). El federalismo, sin embargo, es cosa seria y para que funcione requiere confianza mutua y un espíritu de colaboración que, hoy por hoy, es insuficiente a todos los niveles, también en la relación horizontal entre las propias Comunidades Autónomas. Si esto fuera poco, en el plano estrictamente económico, al que muchas veces se reconducen las cosas, asistimos otra vez a un debate envenenado sobre la financiación autonómica en el que los poéticos hechos diferenciales se transforman en prosaicas estrategias para reducir la solidaridad territorial, y donde los votos ahora necesarios en el Congreso de los Diputados pesan más que cualquier pretensión de analizar seriamente la cuestión a fondo, como ha sucedido con la revisión del cupo vasco.