Échales la culpa a las redes. Y restringe los derechos humanos


«El mayor Strasser ha sido asesinado. Detengan a los sospechosos habituales». Esta frase la dijo en la película Casablanca ese gran cínico llamado capitán Renault. A su manera también la pronunció el domingo la primera ministra británica, Theresa May. Golpeado su país una vez más por el salvaje terrorismo islamista, la lideresa conservadora buscó un cabeza de turco, alguien a quien echar la culpa de lo ocurrido. Y decidió señalar con el dedo acusador a Internet y a las redes sociales.

Desde que decidió adelantar las elecciones para reforzar su poder de cara a la negociación del brexit, la popularidad de May cae en picado. Lo que iba a ser un paseo militar tory ha terminado por convertirse en un panorama cada vez más incierto. Las mentiras de aquel referendo, la campaña electoral, su gestión como ministra del Interior y los atentados terroristas han erosionado su posición y han provocado un desesperado cambio de discurso.

Según denunció May, los gigantes de la Red han proporcionado a los terroristas un «espacio seguro», un campo abonado. Y esas compañías respondieron proclamando que refuerzan cada día sus mecanismos de vigilancia para poder erradicar contenido sospechoso y para que no crezca el discurso del odio. ¿Son responsables? Sí, pero solo hasta cierto punto: confundir canales y síntomas (redes) con causas (problemas de fondo) solo suele servir para alimentar posiciones extremas.

Parece insensato dudar de las buenas intenciones de Twitter, Facebook o Google (que los terroristas los usen como vehículo de propaganda y reclutamiento les cuesta reputación y dinero); aunque sí conviene cuestionar sus métodos. ¿Dónde está el límite de la eficacia de los algoritmos y de las máquinas? ¿Hacen falta más ojos humanos para controlar al terrorismo en las redes? Ese sí es un buen debate. Uno en el que no tienen cabida acusaciones populistas como la de May, comparable a las que hace años se hacían vinculando ciertos crímenes con el uso de videojuegos. O las que en otros tiempos atribuían todo lo malo que ocurría en España a una conspiración judeomasónica o a la «pérfida Albión». Solo sirven para acabar restringiendo libertades. La prueba la dio la propia primera ministra británica en su intervención del miércoles, amenazando con restringir los derechos humanos.

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