Una de cal y otra de arena


Como el pasado 31 de mayo fue el día internacional sin tabaco, recordé una conversación desenfadada ocurrida no hace mucho en un lugar de ocio como otro cualquiera. Entre chato y chato mi interlocutor dejó caer la siguiente ocurrencia «ya no hay guerras como las de antes…» No tengo claro si lo dijo con alivio o nostalgia porque aquella memez, excusable a mi juicio por aquel desenfadado contexto, no era tan pueril como parecía. - ¿Qué tiene que ver esto con el día antitabaco? Espere y verá -.

Tanto etólogos como antropólogos coinciden en afirmar que la presión demográfica está relacionada con la cantidad de recursos y que cuando las poblaciones aumentan en exceso necesariamente surgen mecanismos compensatorios de control. Si hablamos de animales suelen ser los depredadores los que mantienen a raya a los prolíficos oportunistas, ¿pero qué ocurre con el ser humano? La respuesta hasta la fecha era simple… Nos matábamos. Aunque es cierto que en la actualidad hay conflictos bélicos por doquier y que el amor y la concordia siguen siendo escasos, la suma de las víctimas no contrarresta el imparable incremento de población.

Ante esta realidad me asaltan infinidad de dudas: si las guerras no constituyen un factor de reducción de la población, ¿de qué mecanismos de control disponemos?, ¿realmente tienen que existir estos mecanismos? y la pregunta más inquietante, si fueran necesarios ¿quién ejercería el control sobre los mismos?

El tema no es nuevo, en los años 70 la preocupación por la escasez de recursos reactivó el desconcertante debate materializándose por aquellas fechas iniciativas como «la política del hijo único» en China, medidas que, según los analistas evitaron un incremento de 410 millones de ciudadanos asiáticos. Más recientemente, a comienzos de este siglo, apareció una publicación titulada El informe Lugano. Este texto de tintes malthusianistas imaginaba como una comisión ficticia encargaba un informe con el fin de salvaguardar el imperante statu quo. En este informe se trataban temas tan siniestros como ciertas estrategias encubiertas para lucrarse del sufrimiento ajeno o reducir la población: fomento de conflictos, drogas, alcohol, tabaco, anticoncepción, inhibición de ayudas al desarrollo (alimentos, fármacos…). Sin duda era una publicación de tipo «conspiranoico» pero resultaba turbadoramente verosímil.

A la vista de lo anterior y pese a que uno no es de los que piensan en confabulaciones universales, me inquieta la contradicción de un sistema que proclama el Día Antitabaco a la vez que permite su consumo. Lo vemos a diario con otros ejemplos: beba, pero si da más de 0,25 ya sabe lo que ocurre, no se drogue, pero consuma que la ley no se aplicará con todo su rigor… ¡Cómo no vamos a pensar que esta doble moral lo que realmente pretende es liquidarnos! Desde luego los métodos no resultan tan evidentes como los utilizados por los chinos, pero sí se atisba, al menos en determinados asuntos, un laissez faire o mejor aún, un premeditado desinterés… sobre todo cuando se habla de drogas o hábitos peligrosos (cuestiones que, cuando derivan en sus máximas consecuencias contribuyen a taponar los sumideros presupuestarios de la Seguridad Social).

La cuestión más importante es ¿qué cuota de consumidores legales o de drogadictos puede soportar un estado? Está claro que si el número se desboca los conflictos a nivel sanitario y de seguridad pública serían inasumibles, pero por otro lado su desaparición provocaría el desplome de todo un subsistema social y económico. A ese perverso equilibrio es al que nos referimos y con él, deberíamos admitir que el ser humano solo adquiere valor a nivel político cuando se convierte en un dato macro.

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