Hipérboles


Cuando no se dice nada nuevo, la única forma de llamar la atención es elevar el tono y recurrir a la hipérbole. Es lo que hizo ayer Podemos. Y por eso Irene Montero le ganó la partida a Pablo Iglesias. Porque en el reparto interno de funciones, a ella le tocó en suerte el papel más fiel a las esencias de su formación. Fue la encargada de enardecer a los suyos con un duro y contundente discurso contra la corrupción. Es el flanco más evidente, el más fácil para cargar contra el PP. La corrupción es un pozo negro del sistema. Cierto. Pero alargar el relato ad infinítum para prevenirnos ante las siete plagas bíblicas es un tanto excesivo. Porque la indignación con la corrupción no es monopolio de Podemos ni puede convertirse en justificación única de una alternativa política. Hace falta mucho más.

Y ahí es donde falló Iglesias. Porque ayer no era un ariete de la oposición, sino el candidato a la presidencia del Gobierno. Pero no es el papel al que está acostumbrado y por eso fracasó. El líder de Podemos tiene un estigma político que lo acompañará para siempre: él fue quien hace un año impidió el cambio político por el que ayer suspiraba. Entre sus argumentos para desalojar a Rajoy de la Moncloa no había ni uno solo que no fuera de aplicación cuando rechazó la investidura de Pedro Sánchez. Tampoco hubo nada nuevo en sus propuestas de Gobierno. Todas provienen de su programa electoral. Y eso está bien. Pero tiene un problema: con ellas ha sido derrotado en las urnas dos veces consecutivas. Y si los ciudadanos no le han dado su confianza, los diputados tampoco. Constatada su soledad, apoyado solo por los independentistas, es evidente que la moción de censura no tenía otro sentido que el de usar el Parlamento como caja de resonancia propagandística. Y eso también es secuestrar las instituciones.

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