El izquierdómetro


Cuando, desde mi modesta atalaya de militante de base, atisbé que las primarias en el partido socialista se iban a dirimir a favor del candidato en liza que se situase más a la izquierda, mi atribulado corazón de viejo marxista, brincó, de gozo, en mi pecho. Por fin, el PSOE iba a volver a sus raíces. Resultaba evidente, desde un primer momento, que la contienda la iba a ganar, aquel o aquella, que se mostrara más radical y más «rojo», a fin de borrar esa ignominiosa mancha del pecado original que, al parecer, supuso para muchos militantes la abstención en la votación de investidura de Mariano Rajoy como presidente del gobierno. Al final, el resultado, por todos conocido, confirmó la victoria del candidato que se había autoproclamado como «paladín» de la izquierda en el partido.

He de confesar que, en mis casi cincuenta años de vida, he sido testigo de múltiples casos de reconversiones ideológicas, pero lo acontecido, estos últimos meses, con algunos de los y las dirigentes del PSOE, supera lo nunca visto. Ciertamente, el súbito viraje de algunos compañeros y compañeras, que llevan toda su vida en cargos de responsabilidad en esta organización, hacia posiciones que situarían al mismísimo Largo Caballero a la derecha del partido, de manera tan vertiginosa y en tan corto espacio de tiempo, más que un giro ideológico supone una auténtica transubstanciación.

No obstante, como decía Paul Valery, «la verdad de las cosas reside en sus matices» y así, cuando he podido profundizar un poco, he comprobado, con gran pesar y enorme decepción, que el izquierdismo de muchos de estos compañeros se limitaba a levantar el puño, más alto que nadie y a entonar «La Internacional» a voz en grito. (Por cierto, he sido testigo directo de que, un gran número de ellos, ni siquiera se sabían la letra de nuestro histórico himno y se limitaban a mover los labios en una suerte de vergonzoso playback). Al fin y al cabo, ya decía Vladimir Ilich Ulianov, «Lenin», que el izquierdismo era, «la enfermedad infantil del comunismo».

Por lo que a mi respecta, a pesar de que llevo años presenciando nuevos y continuos intentos de rearme de la izquierda, sigo creyendo, como mi admirado Norberto Bobbio, que la izquierda sólo tiene sentido, hoy en día, en cuanto lucha contra las tres fuentes principales de desigualdad, a saber, «la clase social, la raza y el sexo». Lo demás, fuegos de artificio.

Y supongo que, para estos «guardianes de las esencias», que se aplican, con la fe del converso, a medir el grado de izquierdismo de cientos de militantes del PSOE, no soy lo suficientemente rojo. Al fin y al cabo, siempre he sido un simple militante, que nunca ha ostentado cargo orgánico o institucional alguno, por lo que, en ningún momento he podido llevar a la praxis política las ideas del socialismo revolucionario y de izquierdas, como, estoy seguro, han hecho muchos de esos examinadores de mi fe revolucionaria, durante todos sus largos años al frente de este partido y de las distintas instituciones del país. No obstante, si permiten el consejo de un viejo estudioso de los clásicos marxistas, les diría a los miembros de la facción leninista del nuevo partido socialista, que deberían llevar a cabo, «un análisis concreto de la situación concreta», ya que, a veces, tal como señaló el propio Lenin, es conveniente dar un paso adelante y dos atrás. Salud, Camaradas. 

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