Moción de censura hacia el futuro y hacia el pasado


El momento político español se fue convirtiendo en un líquido en el que flotaban a su aire, como corchos, una serie de elementos sueltos que parecían no afectarse unos a otros. Estaba el PP con las cañerías cada vez más abiertas expandiendo el olor de lo que había dentro; unas instituciones mermadas y en algunos casos en avanzado estado de descomposición; un PSOE que parecía el Mar Rojo bíblico cuando ya habían pasado los israelitas y aún no habían llegado los egipcios, con el pasado reciente retirado y el futuro próximo sin llegar; un Podemos que aún no tenía forma clara después de Vistalegre y con el Tramabús y la Virgen de Kichi como recuerdos más próximos; los independentistas catalanes en el monte y el PNV haciendo caja; y Rivera cada día con más pinta de yerno de Aznar. Como digo, cada cual estaba a lo suyo sin tocarse en serio.

La moción de censura fue política en estado puro. Es infantil la matraca de que era un circo inútil porque no podía prosperar, como si no fueran parte de la política mejor entendida la comunicación, la iniciativa, la presión, la estrategia, la protesta o la denuncia. La moción de censura fue un paso acertado, pero también arriesgado. Tuvo el efecto saludable de provocar una reacción en ese líquido en que todo flotaba suelto, para que se solidificaran algunas cosas, adquirieran forma y conformaran un escenario nacional reconocible. Iglesias no confundió el tono. Su nivel parlamentario está muy por encima de la media, no era esa la duda. Acertó en el tono y por eso el mapa está más claro que antes: hay una mayoría del parlamento contra Rajoy; parece real la posibilidad de que Podemos y PSOE se apoyen en temas trascendentes; C’s dejó claro con quién está sin aparentar otra cosa. Hay, pues, un bloque seguro de derechas, un bloque ahora ya posible de izquierdas y unos nacionalistas proclives a apartar al PP del poder. Como dije, la moción juntó piezas y dio forma al escenario y esta vez el escenario sí se parece al país, sin aquel abracadabra en que el principal partido de la oposición se partiera el alma para poner a Rajoy en la Presidencia.

Fueron evidentes los esfuerzos de Podemos y PSOE por poner sordina a sus reproches e intentar sumar fuerzas. La cosa tiene sus dificultades y requerirá determinación. El editorial con el que El País saludó la victoria de Pedro Sánchez (¿recuerdan? Trump, Brexit, Le Pen y ahora Sánchez) o el gesto hosco de Susana Díaz indican que una parte del PSOE y entorno harán lo que sea para que Podemos no merodee por la campiña. Por cierto, cuando ganó las primarias Sánchez, las primeras palabras de Rivera, su compi yogui en aquella investidura fallida que Sánchez se empeña en reivindicar, fueron para decir que había una opción moderada y otra radical y que había ganado la radical. Que tome nota don Pedro. Rivera nunca se aparta del guión que le mandan. Las posturas de PSOE y Podemos en cuestión territorial están delicadamente enfrentadas y necesitarán más oficio del que tuvieron antes para llegar a alguna parte. En todo caso, parece que los dos partidos quieren entenderse. Y eso lo cambia todo. Esto no fue un circo y bien lo saben en el PP.

Sin embargo, hay algo en las formas que se dedicaron Podemos y PSOE que no acaba de ser convincente. Parecen creer que unir fuerzas depende de la confianza que se tengan y de no agredirse. Paradójicamente, esto es señal de no haber entendido lo fundamental. En España sólo puede gobernar el PP o una coalición en la que estén PSOE y Podemos. Los votantes del PSOE y de Podemos no son iguales, pero hay continuidad entre ellos y hay muchas medidas políticas en que las dos feligresías coinciden. Teniendo en cuenta estas dos cosas, lo que debe llevar al entendimiento no es el caerse bien, el ser amables y ni siquiera el fiarse unos de otros. Es algo más sólido: la responsabilidad. Da igual si se soportan o si cada uno confía en el otro. Tienen que hacer su trabajo. Sus votantes quieren cosas parecidas en muchos aspectos y no hay mayoría alternativa imaginable que no pase por su colaboración. Con o sin azúcar, tienen que hacer lo que su representación exige.

No hablo sólo del futuro. La votación final dibuja también el pasado. Esta votación muestra que sí había una mayoría posible basada en el entendimiento de Podemos y PSOE y en la aquiescencia de los nacionalistas. No fueron unas incómodas terceras elecciones lo que vieron González, Cebrián y los demás conspiradores. Lo que vieron fue lo que esta moción de censura mostró con nitidez: que no se iba a terceras elecciones, sino a un gobierno monocolor del PSOE, apoyado por Podemos y consentido a coste cero por los nacionalistas. Contra ese gobierno de izquierdas fue la conjuración de Catilina. Y, siguiendo con el pasado, el tono cariñoso de Pablo Iglesias con el PSOE, que anuncia toda una estrategia, deja en el aire una pregunta: ¿se puede saber de qué discutía con Errejón en Vistalegre?

Hay tres nombres propios que merecen comentario: José Luis Ábalos, Irene Montero y Rajoy. Podemos dejar aparte a Pablo Iglesias, cuyas dotes conocíamos y sobre el que no había más duda que la estrategia que seguiría. La voz de Ábalos sonó con graves profundos y fundamento, se le vio por encima del argumentario y transmitió crédito. Falta le hace al PSOE, con un líder fuera del Parlamento. Irene Montero fue lo más llamativo del debate. No sé si fue la mejor, seguramente no, pero es evidente que fue solvente y por momentos brillante, aunque no parezca entender que nunca se gana nada abusando del tiempo. En condiciones normales bastaría con decir que lo hizo muy bien. Pero es que es mujer, es una millennial de 29 años y según parece es la novia de Pablo Iglesias. En el siglo XIX ya había adelantados para los que no significaría nada su condición de mujer, de joven y de pareja de quien le dé la real gana. Pero aún en nuestro siglo XXI esta triple condición de Irene Montero actúa en la derecha política y sociológica como dedos apretando un grano de pus. Nada más anunciarse la moción de censura y aparecer en el cartel Irene Montero, los dedos apretaron bien y el PP y aledaños empezaron a supurar basura en sus cuentas de Twitter. Y el grano siguió supurando por la bocaza de Rafael Hernando, que añadió su halitosis habitual a la fetidez que ya había dejado la caverna de Madrid, con Cifuentes a la cabeza haciéndose la rubia. Irene Montero estuvo muy bien. Y esto fue un avance para el país y una palada de tierra para tanto Hernando y tanta rubia lela.

Con respecto a Rajoy, no se sabe si en el fondo sabía que aquello era serio o si quería dar visibilidad a Iglesias para envolver en tinieblas a Pedro Sánchez. La cosa es que se fajó y mostró las cualidades que se le conocen. Él también es un parlamentario muy por encima de la media. Pero siempre le pasa como a Cristina de Borbón, aquella que buscó solucionar sus problemas sin dar nunca señales de que en su horizonte mental estuviera el pueblo español, como si sólo tuviera sangre azul y no hubiera pueblo al que se debiera. Están bien las gracietas y las ocurrencias de Rajoy. Pero cuando se habla de corrupción, igual que cuando se habla de terrorismo, se está hablando de algo que para muchos españoles es doloroso e indignante. Cuando Andrea Fabra gritó «¡que se jodan!» mientras se mentaba a los parados, seguramente creyó que el mundo se acababa en el parlamento, sin darse cuenta de que detrás de aquellas paredes había parados de verdad. Rajoy, como Cristina de Borbón y doña Andrea, no parece percibir que, además del político que tiene delante del que le apetece reírse, hay un pueblo que tiene la corrupción de su partido como principal problema, en un país donde tanta gente vive tan mal. Rajoy mostró la sensibilidad que siempre fue propia de la derecha: la de un ficus. Aunque eso ya lo sabíamos.

La moción de censura no fue ninguna payasada. El resumen es muy sencillo: le salió bien a Podemos todo lo que podía salir bien.

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