A los pies de los caballos


Hay ultimátums que se presentan para ser aceptados y ultimátums que se presentan para ser rechazados y tener una excusa para ir a la guerra. El que le ha presentado Arabia Saudí a Catar pertenece al segundo grupo. De hecho, la lista de condiciones es una concesión a Washington, que les rogó a los saudíes que al menos hiciesen una propuesta para evitar que la crisis vaya a mayores. Pero la propuesta es intolerable para Catar y aceptarla supondría poner fin a su soberanía. Esto puede acabar sucediendo de todos modos, pero quizás todavía es pronto para eso. El embargo decretado por Riad no está funcionando, como sucede con casi todas las iniciativas internacionales de Arabia Saudí, que suelen estar caracterizadas por la chapuza y el desastre. Catar todavía puede aguantar algo más. Cuánto, no se sabe.

Lo que sigue resultando incomprensible es la posición norteamericana. O para ser más precisos, la posición de Donald Trump, porque todo indica que la solicitud de mediación que ha desembocado en el ultimátum fue una iniciativa personal del secretario de Estado, Rex Tillerson, consciente de la gravedad de la situación. El presidente Trump sigue, en principio, alineándose con los saudíes. Parece cómo si no estuviese al tanto de que Catar es la sede de la mayor base aérea norteamericana en Oriente Medio, con más de 10.000 militares instalados allí. Tampoco parece temer que la desesperación obligue a Catar a forjar una alianza alternativa con Irán y Turquía -otro país que se distancia rápidamente de la órbita norteamericana-. No parece, en definitiva, darse cuenta de que este es un caso clásico de «sartén y cazo» en el que los saudíes acusan a los cataríes de hacer lo que ellos mismos hacen: sostener grupos yihadistas en todo el mundo.

En Catar, donde no entienden por qué el presidente les ha dejado a los pies de los caballos, recuerdan ahora que en el 2010 Trump intentó hacer un negocio inmobiliario en el emirato que no salió bien. Se preguntan desconcertados si esto no será una venganza por aquello. No es imposible; está claro que en Trump lo personal influye mucho en lo político. Pero hay una explicación todavía más sencilla y preocupante: que Trump no tiene ni idea de lo que está haciendo. La pauta se repite una y otra vez: alguien -en este caso, al parecer, el embajador saudí en Washington- le cuenta algo al presidente con el suficiente aplomo -por ejemplo, que Catar es el origen del terrorismo yihadista- y Trump se convierte en un fanático de esa idea durante un tiempo, sin querer escuchar a nadie más. Hasta que se obsesiona con otra cosa y cambia de tema. La cuestión ahora esto ocurrirá a tiempo para evitar una nueva guerra en Oriente Medio.

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