¿Dónde está el rigor científico?


La democratización de la cultura gracias a Internet ha permitido que todos podamos convertirnos en expertos de cualquier materia, por eso es frecuente encontrarse con discursos tan anodinos ¿quién no opina sobre medicina, veterinaria, exobiología o física nuclear a golpe de Wikipedia? A pesar de padecer las consecuencias de esta osadía, el beneficio de disponer de la mayor biblioteca de la historia compensa con creces este inconveniente. No obstante el verdadero peligro se encuentra en los profesionales que se suman al uso de las disertaciones etéreas y vacías, incluso me atrevería a decir… «divinas». Cierto es que al menos estas comunicaciones están engalanadas de parafernalia pseudocientífica y pueden resultar, y de hecho resultan, creíbles y bonitas, --a veces demasiado bonitas para ser reales--.

No hace mucho, mientras asistía a un congreso educativo pude comprobar cómo mis sospechas se confirmaban. Pese al anhelo de muchas disciplinas universitarias por lograr el idolatrado estatus de ciencia, sus paladines se obstinaban en parecer profetas iluminados. --Me da igual la vehemencia de su discurso o los aplausos recibidos, si sus alegatos no se fundan en hechos o planteamientos científicos, lo que quedan son creencias, dogmas o teorías gratuitas tan insustanciales que apetece gritar, ¡demuéstremelo!--.

Las homilías pedagógicas de amor, solidaridad, calidez, candidez… me suenan a violines, arpas y trinos celestiales. --Pero vamos a ver…, por poner un ejemplo, ¿Qué narices pinta el amor? o mejor dicho ¿qué se entiende por amor?, ¿No es amor el mismo que profesa un padre a un hijo, o el que tiene un pederasta por un bebé o incluso el de un imán yihadista a su discípulo?--. La mayoría de los discursos «técnicos» están plagados de retórica metafísica, de humanismo desmedido, de pseudoreligiosidad mística, de cursilería sensiblera que lo único que pretenden es enmascarar su falta de rigor y claridad. Frases como «lo que no se puede amar no se puede conocer…», «a los alumnos hay que llegarles al corazón», «la felicidad y el cariño son la base…» --La base de qué…  mire, lo que usted diga, pero el amor en mi casa y el maestro… ¡a dar clase!--.

Algunos docentes están hartos de escuchar que los alumnos tienen que pasarlo bien, que son ellos los que construyen su conocimiento, que el profesor está allí sólo como un mediador…  --que sí que sí pero como quiera encantar o enamorar al grupo, mi experiencia «empírica» me dice que estás perdido--. Me pregunto por qué calan tan hondo los discursos dulcificados, más parecidos a sermones que a comunicaciones rigurosas y científicas propias de profesiones pragmáticas como la de educador, pedagogo, docente, psicopedagogo o equivalentes, --puede que se deba a que está de moda edulcorarlo todo--.

No dude de la existencia de un Leivmotiv, de una tendencia universal en el uso del lenguaje ingenuo e impreciso que alcanza a todos los ámbitos del saber positivista, incluso hasta las cotas más altas de la erudición. La LOGSE, la LOE o la LOMCE  rezuman metafísica por doquier --aunque con distinta concentración--, de ahí los desengaños. No quiero más enunciados espirituales, románticos ni aporéticos al menos cuando de saber científico se trate. Perdónenme que me cebe en esta reflexión pero es que tengo indigestión de amor, de solidaridad y de ternura.

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