Pero, ¿qué es eso de la «clase política»?


Cuando, tras un apocalíptico discurso en las cortes republicanas del bienio progresista (1931-1933), el diputado «maurista» y conservador Ossorio y Gallardo, pasó a interpelar a la cámara, con un dramático, «¿y qué será de nuestros hijos?», una voz procedente de la bancada republicano socialista, entonces en el gobierno, le respondió: «al de su señoría ya lo hemos hecho subsecretario». Este episodio, recogido por Luis Carandell  en su más que recomendable obra, «Las Anécdotas del parlamento: se abre la sesión», parece ilustrar, a la perfección, la existencia de una llamada «clase política», procedente de la anterior etapa de la Restauración borbónica, la cual, con unos intereses comunes, al margen de las distintas posiciones ideológicas, no dudaba en acudir al clientelismo, el nepotismo, la venta de sinecuras y demás corruptelas, en defensa de dichos intereses.

Y así, una vez transcurrido el siniestro paréntesis de la dictadura franquista, la restauración del sistema democrático volvió a traer a colación el término, «clase política», para referirse al conjunto de profesionales de la política democrática, con unos intereses compartidos y una complicidad corporativa, independientemente de su ubicación ideológica y partidista. En este sentido, los más reacios a reconocer la existencia de una clase política, como tal, fueron los políticos de izquierda. La izquierda, históricamente, desde sus orígenes marxistas, con Lenin y el propio Marx a la cabeza, siempre ha defendido la figura del político profesional como portavoz y vanguardia de una conciencia colectiva. Era la voz de los sin voz, aquella que debía dirigir y conducir a las masas a su total emancipación. Según esta idea, sus intereses, eran, pues, diametralmente opuestos a los de los políticos de derechas, a los que se atribuía, por delegación, la defensa de las intereses de las clases dominantes. En palabras de Antonio Gramsci, estos políticos de la derecha tendrían, como única misión, el mantenimiento de la «hegemonía» económica y cultural de la clase burguesa.

Pero, hete aquí que, cuarenta años después, son los nuevos partidos, supuestamente de izquierdas, los que asumen, sin más, la existencia de una endogámica clase política, y se refieren a ella como una «casta dominante», con unos intereses propios y totalmente contrapuestos a los de la sociedad que dice representar. Así, he podido oír, (incluso a dirigentes del «nuevo» partido socialista) que la casta dirigente del PSOE, supuestamente descabalgada en el pasado 39º Congreso Federal, debería asumir su responsabilidad histórica y pedir perdón por incumplir el programa electoral con el que el partido se presentó a la últimas elecciones generales, obviando el mandato de sus electores y poniendo el partido socialista al servicio de los intereses de la derecha socioeconómica de nuestro país.

Pues bien, llegado a este punto, he de decir que, descalificar la necesidad de los políticos, cuestionando, incluso, la oportunidad de su existencia en una democracia representativa, supone, ni más, ni menos, que la apología indirecta de democracias orgánicas o supuestamente populares, propias de otros hemisferios y de otras culturas políticas ajenas a la tradición democrática europea; y sólo espero, como ciudadano y también como militante del principal partido socialdemócrata, referente de la izquierda democrática de este país, que los nuevos dirigentes del mismo, con su secretario general a la cabeza, no pretendan cabalgar ese tigre.

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