Moscas en la Red


Hace unos cinco años, un padre de Minneapolis contaba una historia que parecía increíble. A su domicilio comenzaron a llegar cupones de descuento de una tienda de artículos para bebés. Hasta aquí, todo normal. Los cupones son para millones de americanos como las estampitas de santos para las beatas. Nunca están de más. El problema es que las ofertas de biberones y pañales se las enviaban a la adolescente de la casa. El señor en cuestión se indignó. «¡Por Dios, si está en el instituto! ¿Están invitándola a que se quede preñada?». La cuestión es que la menor ya estaba embarazada. Sus consultas en Internet la delataron. Sin saberlo, fue tecleando los ingredientes de la fórmula mágica que acabaría descubriendo su secreto. La noticia llegó antes al departamento de márketing de una empresa que a la propia familia de la chica.

Ahora ya se da por sentado que lo que se cuece aquí abajo se evapora y acaba flotando en nubes ajenas. Si las viejas normas históricamente han sido atropelladas por la costumbre, la velocidad de este nuevo mundo digital obliga al funambulismo legal. Como en una selva, todo es voraz tanto en el nacimiento como en la muerte. Un vertiginoso y gigantesco tira que libras. Aquí caben el decapitador yihadista que cuelga fotos con gatitos, la bloguera que se come en directo una planta venenosa creyendo que es aloe vera, la lapidación tuitera, la genialidad en un puñado de caracteres y la campaña solidaria más potente. Los grandes del negocio parecen descubrir por fin lo del terrorismo, las noticias falsas y las ciberguerras. Ya tuvo que llover. En la Red es muy fácil creerse araña. Pero durante gran parte del tiempo somos moscas.

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