Cuarenta años: El zumo y los hollejos de la Transición

OPINIÓN

01 jul 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

La Transición ya tiene todas las credenciales para ser un símbolo nacional. Y es que en España no tenemos suerte con los símbolos. La bandera nunca fue otra cosa que distintivo de la extrema derecha. Casi consigue normalizarla la selección de fútbol, pero aún necesitamos otro mundial y más Iniestas. No hay letra para el himno nacional, más que ese lo lo lo que parece de chiste y que deberían dejar de canturrear antes de que acabe también siendo un símbolo; no estaría bien que todo lo que nos une se redujera al tartamudeo lo lo lo. La Corona era el único símbolo que funcionaba hasta que D. Juan Carlos se cayó de culo cazando elefantes, se le rompió la cadera y se le hizo añicos la paciencia de los españoles. Pero si algo caracteriza nuestros símbolos patrios es que sólo se agitan y vocean contra los españoles. Quien dice alto y fuerte «¡España!» lo hace contra otros españoles. Y quien sobreactúa el homenaje a la bandera lo hace para defender a España de los españoles. Cómo olvidar cuando Federico Trillo izaba 40 kilos de bandera nacional cada mes, de tanto español que pululaba por España. Y la Transición ya fue adquiriendo lo que le faltaba para ser un símbolo de los nuestros: su uso como garrote para asuntos internos. Desde hace un tiempo se ruge la Transición para señalar con cara de limón y desdeñar a una parte bien nutrida de la opinión pública y de nuestra representación política. Un símbolo nacional hecho y derecho. Y es que en España no tenemos suerte con los símbolos. Lo cierto es que de la Transición todo es comestible y todo es aprovechable. Lo es el zumo y no vendría mal recordar a qué sabía. Pero también el hollejo amargo, el que se usa para los licores fuertes que rascan y marean, pero que acaban sentando bien.

Vayamos con el zumo. En el delirante viaje que hicimos de Rajoy a Rajoy pasando por dos elecciones, se exhibieron olvidos muy notables de la Transición, especialmente evidentes en quienes más alto gritan su nombre. Un olvido estridente fue que en la Transición nos dimos un sistema electoral proporcional, y no mayoritario, para que el que gane no lo gane todo. En la Transición quedó establecido que el partido que quede en mejores condiciones para gobernar tiene que buscar apoyos, dialogar, armonizar, ceder, escuchar, ese tipo de cosas. Todo esto se olvidó. Rajoy llevó al límite un principio trastornado: el que gana tiene derecho a gobernar y es obligación democrática de los demás darle sus votos para que lo haga. No tiene que buscar apoyos ni dialogar o ceder. Son los demás los deben darle sus votos y conviertan de facto el sistema proporcional en mayoritario. El amnésico no era sólo Rajoy. Fue Rajoy, pero también Felipe González, los editorialistas de El País y prensa similar, los barones, Susana Díaz, Rivera, ...: todos los adoradores de la Transición a coro llamaban bloqueo a que el principal partido de la oposición no regalara sus votos al PP.

Hubo otro olvido notable de la Transición. En la Transición la gente se sentaba a hablar. Sólo había desacuerdos después de hablar. También aquí se nubló la memoria tras las elecciones de diciembre. Se pusieron de moda las líneas rojas. No se negociaba y se cedía, sino que había que ceder como condición previa para negociar. Los protagonistas de la Transición que aún gurgutan y los que rinden tributo a la Transición como si fuera 40 kilos de bandera nacional se desgañitaron exigiendo renuncias previas en otros partidos antes de sentarse a hablar. La lógica era pueril: si me siento a hablar con quien no renunció a un referéndum en Cataluña, estoy aceptando la posibilidad de la ruptura de España. Qué lejos la Transición que se gritaba tan alto.