Cuarenta años: El zumo y los hollejos de la Transición


La Transición ya tiene todas las credenciales para ser un símbolo nacional. Y es que en España no tenemos suerte con los símbolos. La bandera nunca fue otra cosa que distintivo de la extrema derecha. Casi consigue normalizarla la selección de fútbol, pero aún necesitamos otro mundial y más Iniestas. No hay letra para el himno nacional, más que ese lo lo lo que parece de chiste y que deberían dejar de canturrear antes de que acabe también siendo un símbolo; no estaría bien que todo lo que nos une se redujera al tartamudeo lo lo lo. La Corona era el único símbolo que funcionaba hasta que D. Juan Carlos se cayó de culo cazando elefantes, se le rompió la cadera y se le hizo añicos la paciencia de los españoles. Pero si algo caracteriza nuestros símbolos patrios es que sólo se agitan y vocean contra los españoles. Quien dice alto y fuerte «¡España!» lo hace contra otros españoles. Y quien sobreactúa el homenaje a la bandera lo hace para defender a España de los españoles. Cómo olvidar cuando Federico Trillo izaba 40 kilos de bandera nacional cada mes, de tanto español que pululaba por España. Y la Transición ya fue adquiriendo lo que le faltaba para ser un símbolo de los nuestros: su uso como garrote para asuntos internos. Desde hace un tiempo se ruge la Transición para señalar con cara de limón y desdeñar a una parte bien nutrida de la opinión pública y de nuestra representación política. Un símbolo nacional hecho y derecho. Y es que en España no tenemos suerte con los símbolos. Lo cierto es que de la Transición todo es comestible y todo es aprovechable. Lo es el zumo y no vendría mal recordar a qué sabía. Pero también el hollejo amargo, el que se usa para los licores fuertes que rascan y marean, pero que acaban sentando bien.

Vayamos con el zumo. En el delirante viaje que hicimos de Rajoy a Rajoy pasando por dos elecciones, se exhibieron olvidos muy notables de la Transición, especialmente evidentes en quienes más alto gritan su nombre. Un olvido estridente fue que en la Transición nos dimos un sistema electoral proporcional, y no mayoritario, para que el que gane no lo gane todo. En la Transición quedó establecido que el partido que quede en mejores condiciones para gobernar tiene que buscar apoyos, dialogar, armonizar, ceder, escuchar, ese tipo de cosas. Todo esto se olvidó. Rajoy llevó al límite un principio trastornado: el que gana tiene derecho a gobernar y es obligación democrática de los demás darle sus votos para que lo haga. No tiene que buscar apoyos ni dialogar o ceder. Son los demás los deben darle sus votos y conviertan de facto el sistema proporcional en mayoritario. El amnésico no era sólo Rajoy. Fue Rajoy, pero también Felipe González, los editorialistas de El País y prensa similar, los barones, Susana Díaz, Rivera, ...: todos los adoradores de la Transición a coro llamaban bloqueo a que el principal partido de la oposición no regalara sus votos al PP.

Hubo otro olvido notable de la Transición. En la Transición la gente se sentaba a hablar. Sólo había desacuerdos después de hablar. También aquí se nubló la memoria tras las elecciones de diciembre. Se pusieron de moda las líneas rojas. No se negociaba y se cedía, sino que había que ceder como condición previa para negociar. Los protagonistas de la Transición que aún gurgutan y los que rinden tributo a la Transición como si fuera 40 kilos de bandera nacional se desgañitaron exigiendo renuncias previas en otros partidos antes de sentarse a hablar. La lógica era pueril: si me siento a hablar con quien no renunció a un referéndum en Cataluña, estoy aceptando la posibilidad de la ruptura de España. Qué lejos la Transición que se gritaba tan alto.

Y un olvido más, también en los «constitucionalistas». Si algo tenía que hacer la Transición era unir piezas, integrar en una patria a grupos expulsado de ella. La dictadura había extendido la guerra durante al menos 30 años más de lo que había durado. El mensaje de la Transición era que todos los discordantes eran España, que en España cabíamos todos. No siempre se fue consecuente con ese mensaje, pero ese era el mensaje. Un mensaje que también olvidaron los adoradores de la Transición. El Parlamento surgido de las elecciones de diciembre dio lugar a una intensa propaganda para desunir y para señalar como patria sólo un trozo de lo que había en aquel Parlamento. Más de noventa escaños estaban fuera de ella, entre separatistas y «populistas» que querían negociar con los separatistas. Se segregaba como intrusa a una tajada sustantiva de la soberanía nacional, que no cabía en la democracia patria. C’s se destacó en cizañar porque entiende que su aportación es ahondar esa zanja y hacer más visible cuál es el límite de la patria. Como la bandera o el nombre de España, la Transición era sólo un frente de hostilidad interna. Sus valedores no parecían recordar nada de aquel proceso.

Pero no todo lo que dejó la Transición fue néctar que algunos se empeñan en olvidar. Hubo también hollejos amargos, que algunos se empeñan en perpetuar. El proceso estuvo lleno de amenazas y requería cautelas y todo el pragmatismo. En aquel momento tenía cierto sentido la hipertrofia del secreto de Estado, la falta de transparencia en ciertos asuntos y la impunidad que induce siempre la opacidad. Era práctico mantener a Jefatura del Estado que había dejado la dictadura. Los partidos eran recientes y débiles (salvo, quizá, el PC) y seguramente la democracia necesitaba que hubiera mecanismos que los fortalecieran. Pero es excesivo que se pretenda que tales cautelas se hagan permanentes y que la Transición no hiciera honor a su nombre. No sólo se pretende intocable una monarquía que no se votó en condiciones dignas. Se pretende que se naturalice en nuestra vida pública la opacidad y la impunidad, como si la exigencia de responsabilidades fuera siempre remover algún pasado. El país está perplejo con el pillaje desvergonzado que nunca tiene consecuencias, como se encargó de recordarnos Bárcenas hace poco. Se pretende mantener impunidad y secreto sobre el comportamiento del monarca, ahora emérito, sobre el que pesan evidencias de golferías impropias y sospechas de cosas peores. Los mecanismos que fortalecían a los partidos más fuertes no se moderaron y es evidente que su desmesura lleva a una verdadera atrofia institucional. Cómo es posible, por ejemplo, que el Tribunal de Cuentas se haya convertido en un pesebre de militantes y excargos de los partidos.

La Transición consistió en el paso de una dictadura a una democracia y de un país atrasado a un país desarrollado. Nadie puede decir que eso no fue bueno. Y también fueron buenas las Cortes de Cádiz, lo que no quiere decir que sea apetecible regirse hoy por la Pepa. Cuando se pretende que se haga inamovible todo lo que se planteó como provisional y transitorio, cuando se considera un ataque a la memoria, y quién sabe si a la patria, tocar una constitución que pide a gritos ser actualizada, la Transición queda convertida 40 años después en un conjunto de rigideces que incomodan más que facilitan la convivencia. Cuando la vida pública es regida por más dogmas de los necesarios y cuando se apela a demasiadas rigideces para poner límite a demasiados debates, entonces la palabra «régimen» empieza a ser adecuada. El hablar del régimen del 78, que tanto escandaliza a los constitucionalistas tan especializados en olvidar los hábitos provechosos de la Transición, no es decir que esa Transición haya sido mala. Es decir que es pasado y que empeñarse en mantenerla en formol en nuestra convivencia es lo que la convierte en régimen. Y la forma de honrar lo que tenga de honorable aquel pasado es reconocer que los vecinos nuestros que crean que hay que hacer un referéndum en Cataluña, los que crean tener derecho a saber qué pasó el 23F y a qué se dedicó el Rey ahora emérito y los que crean que el Tribunal de Cuentas debe ser independiente de los partidos políticos, todos esos vecinos, son también nuestra patria. Y no molestan.

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