Ni la madre que lo adoptó


El World Pride, antes conocido como Orgullo Gay, ha sido un éxito indiscutible. Cualquier indicador lo confirma: el número de asistentes a los espectáculos y manifestaciones, la ausencia de incidentes, la participación de artistas de renombre e incluso las toneladas de basura recogidas, que algunas calles de Madrid parecían la playa de Riazor después de la noche de San Juan. Madrid y España pueden presumir de todo: de orden, de tolerancia y de respeto a la diversidad. También de alivio económico, porque se calcula que la fiesta ha dejado unos 300 millones de euros en la capital. Dependientes de comercios de la milla de oro de Madrid cuentan y no acaban cómo las parejas homosexuales se hacían grandes regalos de grandes marcas entre arrumacos de luna de miel.

Pero lo más impresionante, quizá, ha sido la unidad política y mediática ante la celebración. Que yo haya visto u oído, ni una sola crítica, ni siquiera reticencia. Algunas televisiones le dedicaron horas, con una dedicación solo comparable a los programas de las noches electorales. Los periódicos le dedicaron multitud de páginas. Y la clase política, no digamos: nadie de primer nivel se puso ante las cámaras, pero no hubo partido que no quisiera hacerse visible, como si su ausencia fuese un delito de lesa discriminación. ¿Y quién nos lo iba a decir? Los dirigentes del PP, que en su día recurrió los matrimonios gais ante el Constitucional, mostraban tal entusiasmo que parecían los felices organizadores de los eventos y su presidenta regional, Cristina Cifuentes, fue vista y retratada en un escenario bailando incluso con más ritmo y ganas que la alcaldesa Carmena. Vamos, que parecía Zapatero.

¿Y la Iglesia? Ignoro si fue por el famoso efecto Francisco o por contagio del ambiente social o porque tenemos unos curas muy tolerantes, pero no dijo ni palabra. Solo a un párroco de las Cataluñas o de por allá se le ocurrió ver pecado en la celebración, lo dijo y fue sometido a una dura excomunión laica, porque el pecado de hoy es criticar a cualquier homosexual o algo que tenga que ver con la homosexualidad. Supongo que ese párroco, avergonzado, habrá abandonado su parroquia, el muy hereje.

¡Quién te ha visto y quién te ve, España nuestra! El país donde se apedreaba a los gais, convertido de pronto en su paraíso y lugar de convocatoria de la homosexualidad mundial. Espero que todo haya sido sincero, que sea efectivamente el reflejo de una sociedad tolerante y diversa y no solo el fruto del miedo o de la autocensura ante una moda arrolladora. Si es así, enhorabuena. Y en todo caso, sigue teniendo razón Alfonso Guerra: a este país no lo reconoce ni la madre que lo parió. O lo adoptó, habría que matizar.

Valora este artículo

1 votos

Ni la madre que lo adoptó