No, en mi nombre


Es recurrente, a la hora de legitimar una iniciativa, que se conjugue el plural en su defensa: «nosotros pensamos,… nosotros proponemos...»; mientras si busca rehuir el choque, se parapete en terceras personas «ellos impusieron,… vosotros bien sabíais…»; son recursos dialécticos que forman parte de la arquitectura de la comunicación, cuyo objeto es condicionar la percepción de quien nos escucha.

El despotismo ilustrado, «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», las doctrinas ensoñadas en la «dictadura del proletariado» que solo condujeron a la explotación ejercida por sus dirigentes, o las consignas del «laissez faire, laissez passer» idolatradas para fomentar el desarrollo, caiga quien caiga, tal como las sufrimos en nuestras carnes; son conceptos, forjados en el tiempo, que ejemplifican circunstancias que en cada momento vive la sociedad.

Existen reminiscencias de todos estos pensamientos en los actuales sistemas democráticos y la práctica política. Aparentemente enconado ha sido el reciente debate, generado en torno a la democracia representativa y/o participativa, como si estos conceptos fueran excluyentes y no formaran parte del mismo engranaje, pues solo difieren, no tanto en quien los personalice, sino al servicio de quien se pone el poder que ejerce.

Obviar a quienes se representa, es el origen de la «desafección» hacia los asuntos públicos e induce a tomar posturas abstencionstas, cada vez más significativas en los comicios electorales; reparando en la lectura de oportunidad que el político hace en función del momento, pues si todos animan la participación, una vez los electores se pronuncian, la abstención, en muchos casos opción mayoritaria, carece para todos ellos de interés alguno.

Apropiarse de la representación de la mayoría, sin contar con el permiso de quienes la conforman y no se pronuncian, es una práctica extendida que busca que la legitimidad de «la parte» emerja dominante, ante el silencio de la mayoría.

Fijémonos en la repercusión que tiene en el ámbito interno de las organizaciones, cuando varias opciones se ponen en liza; dispone de una enorme ventaja quien se apropia de la bandera de la militancia, la enarbola en nombre de «los más» y a la par infunde ánimo de ser «los únicos» capaces de erigirse en representante de la totalidad; sobremanera, si sitúa al resto de opciones en la trinchera del enemigo, embozados en posiciones reaccionarias y carentes de futuro.

Parapetarse tras el empoderamiento de la militancia, cuando esta ha sido tan ninguneada, reservada a la retórica en los actos electorales, hace que se enfrente frontalmente la defensa de intereses asentados y la ambición legítima de la regeneración; la suerte está echada, la simpatía del electorado se define inexorablemente hacia las propuestas de quienes anuncian los cambios.

Este mecanismo, aparentemente tan simple, tiene sus riesgos, pues quienes emiten su mensaje avalado por la militancia, han de contar verdaderamente con ella, dado que no se entendería que una parte reconocible disponga de argumentos y manifieste que sus conceptos ideológicos no están representados.

El PSOE está viviendo un proceso de renovación profunda que afecta, en una u otra medida, a todas sus estructuras y territorios, en ámbitos institucionales, organizativos, y espacios municipales, autonómicos y federales.

Deben de cuidarse todas las opciones políticas concurrentes, de efectuar alusiones genéricas al apoyo que le preste la militancia, pues en la diversidad está la riqueza de las organizaciones democráticas y resulta manifiesto que no todos pensamos igual; sería lamentable que hubiera que corregir, en el clima de euforia que algunos viven, declaraciones en las que muchos militantes no se vean representados.

Tengan mesura, eviten apropiarse del «todo» cuando solo representan «una parte», por muy numérica que ésta sea; la honestidad parte de la coherencia y el convencimiento en la defensa de las ideas y los criterios políticos, hagan propuestas; para ser gobierno precisamos que nos demuestren su capacidad y valía.

Pensamos que aún existe crédito, si bien el efecto «1 de octubre» está prácticamente amortizado; comiencen a sumar como si fuera el primer día, no cometan los mismos errores que critican, el despotismo y el centralismo democrático atienden a situaciones superadas y la militancia, toda, merece el máximo respeto.

Militancia y participación efectiva son términos que deben caminar de forma conjunta, cuando tratamos de organizaciones vivas que integran el sistema democrático.

Quienes peinamos canas, padecimos en nuestro país un régimen dictatorial que incrustó su cultura haciéndonos creer que pensábamos por nosotros mismos, llegando a impregnar, reflexiones y términos que los librepensantes creían acuñar como propias.

La dictadura franquista, dirigió el sistema con mano férrea, dando la sensación de que solamente lo tutelaba; mientras regulaba de forma despótica la convivencia entre los ciudadanos, haciéndolo decía en aras defender los intereses generales, a la par que extendía su largo brazo hasta el mundo de las creencias y el rezo, alimentando la fe ciega hacia el sometimiento y autoculpabilización del individuo en el mundo terrenal, a cuenta de que en el más allá, tras breve paso por el purgatorio, alcanzara con solvencia el descanso eterno.

Esas viejas creencias, que animaban a pagarse antes los ritos funerarios que un fondo de pensiones, se han mantenido durante décadas y aún hoy persisten, dando forma a una larga transición a la que no se le ve el punto y final.

La idea del líder sobrenatural, predestinado, autosuficiente, dispuesto a rescatarnos y emanciparnos aunque nos resistamos, porque le asiste una ley divina innata que marca el camino y le preserva de errores, siempre infalible, al que solo los actos de fe hace posible llegar a entender el alcance de sus determinaciones, me atrevería a decir que es una reminiscencia franquista, cuando se traslada al ámbito político.

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