Mileuristas por Froilán

Luis Ordóñez
Luis Ordóñez NO PARA CUALQUIERA

OPINIÓN

09 jul 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En estos nuestros tiempos de la economía moderna y globalizada, la primera regla del Club de la lucha de clases es que no se habla de lucha de clases. Y la segunda regla también, que no se habla de la lucha de clases. Y, sin embargo, ahí está. A mediados de semana, el presidente de la patronal española, Juan Rosell, apuntaba que, ahora sí, ya no veía tan mal la propuesta tantas veces renegada como el mayor de los pecados de aumentar los salarios en una horquilla de entre el 1% y el 2,5%. Cómo estará la cosa que hasta el presidente de la CEOE, el hombre que una vez dijo que las cifras del paro estaban hinchadas porque las amas de casa de apuntaban con la esperanza de recibir una prestación, se mostró abierto incluso a que los sueldos más bajos, los ya raquíticos, puedan subir por encima de ese minúsculo 2,5%.

Todo está relacionado. Rosell demostró entonces que no comprendía realmente el funcionamiento de las cotizaciones (se deduce de sus palabras que entendía la prestación del paro como una suerte beneficencia, sin relación con los años trabajados anteriormente). Pero ha debido caerse del guindo. Y no debe de ser el único, aunque no se diga. A la par que se laminaban los derechos laborales se ha ido exprimiendo hasta un límite peligroso la hucha de las pensiones. La precariedad, esa condena de sueldos miserables y contratos interminables (cada mes se anuncian porcentajes de temporalidad que no bajan del 90%, se firman hasta 2 millones de contratos para apenas 100.000 empleos) sigue aquí pesa a (o precisamente por) todas las reformas que hemos sufrido como penitencias medievales. Y al final, va a terminar por carcomer del todo el conjunto del sistema del estado social. Cómo será que hasta esta patronal que sólo ha logrado aumentar la productividad no con innovación ni inversiones sino gozando hasta el éxtasis de contar con una legión de parados dispuestos a aceptar lo que sea, cuatro duros en negro, renunciar a las horas extra, ponerse de falsos autónomos (y todo durante una larguísima década), hasta ellos ven que la cosa no puede seguir así mucho más. Literalmente están a punto de matar a la gallina de los huevos de oro.

El saldo es una desigualdad terrible y además la derrota casi total de quienes defendieron la honestidad de las ideologías. Lanzados a dejar los postulados lógicos por banalidades como «el sentido común» y la entrega total de las reivindicaciones de más participación ciudadana a un cesarismo que no se apoya en ninguna tesis sino en la fe en un líder que (por lo visto porque lo dice él y su camarilla) es un elegido del destino perfectamente compenetrado con los anhelos de la mayoría; pues aquí estamos con un montón de gente que se verdad se cree que el impuestos de sucesiones lo paga «la clase media trabajadora» y que cuantas más rebajas fiscales mejor porque los servicios sociales se pagan con magia.