De Carrero Blanco a Carmena


El hombre lobo, esa era mi preocupación. Mis recuerdos de la muerte de Carrero Blanco son como si me los hubieran injertado de otra persona. Yo tenía trece años y la única pregunta que le hice a mi circunspecto padre era si iban a cerrar los cines. Ponían en El Rivero, el cine de barrio de La Calzada, La furia del hombre lobo, protagonizada por el inolvidable Paul Naschy. Ese era el nivel político de la preadolescencia en el tardofranquismo. A una chica del barrio de mi edad la llamábamos «la comunista» porque era testigo de Jehová, como su familia. Testigo de Jehová, comunista, todo era lo mismo para los preadolescentes de Gijón Oeste. Luego cumplí años. Y después cumplí más años. Y creo que dará igual cuántos años más cumpla. Nunca consigo igualar la violencia contra una dictadura militar con la violencia contra la democracia. ETA mató a Carrero Blanco y ETA fue quien mató, tanto tiempo después, a Miguel Ángel Blanco. No sé si la muerte de Carrero fue tan trascendente como se dice. Pero todos estos años que fui cumpliendo no consiguieron dejar en mí más sentimiento sobre aquel jueves que mataron a Carrero Blanco que la frustración de haberme perdido a Paul Naschy haciendo de hombre lobo. Sin embargo, lo más importante del día en que finalmente mataron a Miguel Ángel Blanco, y sigo con evocaciones personales, fue enseñarle a mi hijo que el país estaba en paz. Era demasiado pequeño como para asimilar que en la playa de Gijón los altavoces pidieran un minuto de silencio para pedir a quienes tenían a Miguel Ángel Blanco que no lo mataran. Toda la playa de Gijón en silencio, en pleno julio, porque alguien iba a morir. La tensión en los adultos desorienta a los niños. Y por qué no hace el Rey un trato con ETA, decía. Esas preguntas de los niños. No había manera sabia de explicarle, dos días después, que aquel por el que todo el mundo había protagonizado un insólito silencio al sol en bañador finalmente había muerto con dos tiros en la cabeza. Por más años que cumpla, lo que lamentaré es no haber podido ver La furia del hombre lobo, en un caso, y no tener consuelo para todos los miedos de un niño, en el otro. La violencia contra una dictadura y la violencia contra la democracia son violencia, pero son casi lo contrario.

Alguna vez comenté en este espacio que los símbolos patrios en España se suelen utilizar contra españoles, más para subrayar diferencias y establecer frentes que como motivo común. En realidad toda sobreactuación con los símbolos identitarios suele ser agresiva contra una parte de los representados en ellos. ETA dejó el triste legado de que el sobrecogimiento por cientos de muertes enloquecidas sea parte de esa especie de memoria fundacional que fue la transición y sus flecos. La sobreactuación con ese símbolo compartido no consiste en el recuerdo, el homenaje o el llanto por la memoria de los asesinados. La sobreactuación está en la caza de brujas, en fingir ver a ETA en cualquier debate o cualquier diferencia sobre cualquier cosa. «Tiene un verruga», decía un personaje medieval de Monty Python, cuando una especie de alquimista preguntaba que por qué creían que aquella chica a la que iban a quemar era una bruja. Aquello era un chiste de Monty Python. Los dirigentes del PP revolotearon enardecidos cuando Zapatero habló del «accidente» de la T4, y se corrigió inmediatamente para decir «el atentado» de la T4. Ante el revuelo del PP, Zapatero dijo que era evidente que había sido un lapsus, corregido además sobre la marcha. «Sí, pero no pidió perdón a las víctimas», cacareaba alguien en el corral del PP. Y yo oí «tiene una verruga», porque no daba para más el nivel de la gallinácea aquella. Sólo que esto no era un chiste.

Los símbolos representan lo que es común, lo que no se discute, lo que es condición para todo lo demás. Quien no sienta compromiso con España o ayude a los terroristas no tiene crédito para hablar de pesca o de sanidad. Esto es algo aceptable para casi todo el mundo. Y por ahí va la apropiación de los símbolos comunes. Se apropian de los símbolos exigiendo a todo el mundo su misma sobreactuación bufa y patriotera. Nos dicen cómo hay arrobarse ante la bandera y cuántas veces hay que decir España por unidad de tiempo. Y, claro, también nos dicen cómo hay que conmoverse ante un atentado, cuántos decibelios debe alcanzar el llanto y con qué ropa hay que guardar la memoria de las víctimas. El inventarse una confrontación con aquello que representan los símbolos comunes no tiene otro objeto que negar validez a cualquier otro debate. Es un sectarismo que hereda el autoritarismo rancio del que nunca se desprendió la derecha en España. Buscan diferenciarse de sus rivales políticos como españoles y como enemigos del terrorismo, porque no quieren dar explicaciones de lo que hacen ni quieren conceder legitimidad a lo que digan otros. Quieren que la democracia funcione como una dictadura.

Se podía discutir la razón que tenía o le faltaba a Carmena para poner la imagen de Miguel Ángel Blanco en el recuerdo de su asesinato. Se podía discutir hasta que Marimar Blanco calificó la propuesta de la alcaldesa de «silencio cómplice». ¡Cómplice! Hay cosas que no debemos seguir dejando pasar. Por anunciada y por cruel, no hubo muerte más conmovedora que la de Miguel Ángel Blanco. Ser su hermana no hace menos baja la vileza de señalar como cómplices de aquella canallada a quien le dé la gana. Si Marimar Blanco cree que Carmena es cómplice de aquello que enmudeció la playa de Gijón y España entera, que la denuncie ante el juez. Y si no, es ella la que tendría que dar cuenta de acusación tan desvergonzada. Veinte años son muchos para aceptar que la comprensible quiebra emocional del primer momento siga dejando escapar palabras y veneno sin control. Llamó cómplice de aquella barbaridad a Carmena porque, serenamente, cree que puede hacer eso, seguramente porque el discurso del PP le hace creer eso.

Hace mal la gente que entra en el debate sobre la inocencia de Carmena. Incluso es inoportuno recordar que tres años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco la propia Carmena recibió una llamada de Mayor Oreja, entonces Ministro del Interior, para avisarla de que había planes avanzados de ETA para asesinarla. La dignidad de Carmena no le viene de haber sido amenazada por ninguna banda. Su inocencia es la que la ley presume para cualquier persona decente y no requiere argumentación. Como es lógico, no puede haber unanimidad en la valoración de quien está en la representación política como ella. Carmena tiene sin duda virtudes y defectos, como cualquiera. Pero muchos sentimos que el lado más positivo de Carmena alcanza una altura y una humanidad ejemplares. Los abucheos e insultos de los militantes del PP fueron efluvios de ese conducto que liga el corazón del PP con las tripas bajas del franquismo. Los ladridos de esos energúmenos fueron sólo ecos rancios de la fibra oscura de la historia de España. Esas ansias de cazar a la bruja parecían mostrar más nostalgia de ETA que condena. Al PP le gusta sobreactuar en las emociones básicas compartidas para extender credenciales democráticas a los demás y anular cualquier debate, así sea la unidad de España, ETA o Venezuela. Si algo se parece a esa caricatura bananera de Venezuela que ellos impostan, es el saqueo organizado que ellos llevan manteniendo por décadas o los martillazos a los ordenadores con que responden a los requerimientos de los jueces. O el ansia con que quieren castigar la frialdad emocional por la muerte del almirante Carrero Blanco (aún colea el caso Cassandra) y con la que abuchean como descerebrados a Carmena. Precisamente a Carmena, cuya presencia en la vida pública es un contrapunto de belleza a la fealdad de quienes la quieren quemar porque debe tener una verruga.

De Carrero Blanco a Carmena