Toda una vida de Villar


Todavía existía la Unión Soviética. No había caído el Muro de Berlín. Julio Iglesias cantaba a dúo con Stevie Wonder. Iniesta ni siquiera iba al colegio. Pero Ángel María Villar ya era presidente de la Federación Española de Fútbol. 1988. Toda una vida. Con esos largos mimbres se fue elaborando el típico relato para que los que han sostenido a Villar en el cargo pasten a gusto. Tiene que haber algún premio extra por tanto esfuerzo. Se lo merece por los servicios prestados. Es como un veterano de guerra. El discurso sirve para un roto y para un descosido. Él, que lo dio todo por la federación. Aquel, que tanto trabajó por el club. El de más allá, que se ha dejado el alma por Cataluña. A los años y años de pesebre y abrevadero se les coloca el lacito del sacrificio personal y todos contentos. Y el que no lo reconozca es un ingrato o un traidor. El mecanismo mental es la evolución bananera de una de las grandes frases de Kennedy. No preguntes lo que el dirigente no ha hecho por su institución, pregúntate tú lo que no estás haciendo por el dirigente. Porque estas personas, al fin y al cabo, han sido víctimas de su propia humanidad. Es su amor de padre el que los conduce hacia la perdición. Esos vástagos que crecen a la sombra de papá, regados convenientemente. Quieren lo mejor para ellos. Villar, Pujol... Cuando apenas tenía edad para conducir, el primogénito del molt honorable se paseaba por Barcelona en un Ferrari. El hijo de Villar es director general de la Confederación Sudamericana de Fútbol. Ante situaciones así, siempre surge algún solidario valiente que lanza la pregunta que mide la altura de la ciénaga de la costumbre: «Son sus hijos. ¿Acaso no lo haría cualquiera?». No.

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