Caso Villar, las amargas preguntas


Antes de decir nada sobre el caso Villar quizá sean útiles un par de matices. El primero, para aclarar que la acción desplegada ayer no es, como se dijo en tantos medios, «una operación contra la corrupción en el fútbol». Como mucho, es una operación contra una parte de esa corrupción, porque hay mucha más en amaños de partidos, manipulación de apuestas, fraudes en contratos, explotación engañosa de derechos, deudas consentidas por el Estado, falsificación de cuentas y otros muchos escándalos que se publican a diario. En un sector que maneja tantos miles de millones de euros y escaso control, la apropiación indebida y el enriquecimiento personal es mucho más que una tentación.

El segundo, para anotar que a Ángel María Villar le ocurre lo mismo que decía Miguel Roca de Alfonso Guerra cuando saltó el escándalo -hoy pequeñísimo- de su hermano Juan: «Hay mucha gente que le tiene ganas». A Villar le tiene ganas media humanidad. No hay un personaje más cercado por el rumor, las denuncias (aunque pocas han prosperado), las sospechas de turbios manejos de las finanzas de la Federación Española de Fútbol, e incluso el mosqueo por su reelección como presidente nada menos que durante ocho legislaturas.

La Operación Soule ha venido a confirmar que el rumor siempre tiene un fondo de verdad. La UCO investigó a Villar durante más de un año, el juez Pedraz lo escuchó durante tres meses y hay fondo suficiente para sostener graves acusaciones, desde el desvío de ingresos de partidos amistosos a la compra de votos, pasando por el cobro de comisiones o las adjudicaciones a empresas vinculadas a su hijo Gorka. Sin prejuzgar absolutamente nada, el apellido Villar y su entorno de detenidos empieza a sonar como sinónimo de trama organizada para el lucro personal o familiar. Y solo sus amigos, desde Joan Gaspart a José María García, se sorprendieron de verle detenido. Este hombre debía tener una enorme capacidad de simulación. José María García no es fácil de engañar.

Mientras se culminan las investigaciones y se concretan las acusaciones, este país se vuelve a sumir en las amargas preguntas que le hacen dudar de todo: ¿se dará alguien cuenta del peligro de eternizarse en los cargos? ¿Los mecanismos de control del dinero público están ciegos o demuestran su manifiesta insuficiencia, por no decir indolencia? ¿Se ha empeñado todo el mundo en dar la razón a Podemos cuando habla de trama? ¿Van a seguir nuestros ministros conformándose con el tópico de que la Justicia es igual para todos, como ayer repitió el portavoz del Gobierno? ¿Es que no queda un solo sector que se pueda considerar limpio? Para esta última pregunta tengo una respuesta: a la vista de los hechos, parece que no.

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