Ángel María nunca fue un buen chico


Redactemos este artículo como un cuento. Con introducción, desarrollo y desenlace. Hasta con glosa final, por si no quedase del todo claro. Érase una vez un país en el que las cosas que en verdad importan acontecen muy de mañana, cuando la Guardia Civil detiene corruptos por doquier, o por la noche, cuando banqueros y políticos resuelven un banco que valiendo 1.400 millones por la tarde ya no vale nada (un euro) al alba. El martes, cuando los gallos rompían el techo de gasto matutino, anunciándonos que llegaba la borrasca, las fuerzas del orden quisieron poner orden en el desordenado mundo del fútbol. Algo huele a podrido en España, decían los titulares. Y en Europa, y en el orbe futbolero, donde imputar y dimitir y encarcelar son verbos fraternos.

Llevaba veintinueve años en la Real Federación Española de Fútbol (RFEF). Solo la Junta de Andalucía ha aguantado tanto en manos de un color político. Y, como el tiempo todo lo corroe, también ha corroído a Ángel María Villar Llona, bilbaíno de 1950, abogado en Deusto y casado desde siempre, con tres hijos, con una dama que saltó a la fama el día que se durmió en la Copa del Rey del 2016: la mujer de rosa le llaman desde entonces, por su vestimenta y su maquillaje pink panther sideral.

Gorka, abogado como su padre y director general de la Conmebol (de donde partió la trama que se cargó a media FIFA), ha sido encarcelado como su padre. Son cosas de familia, dirían los personajes de Mario Puzo, que cuando escribió El padrino (1969) tuvo la decencia de no hablar de España. Para qué. Aquí hemos aguardado casi cincuenta años para dejar el padrino de Puzo en mozalbete de tuna. Algo huele a podrido en todas las esquinas de España. Pero la ley es igual para todos, dijo Íñigo Méndez de Vigo, con su flemática obviedad tan pronto como se enteró de la detención. Urdangarin, que sigue en la calle, y los del Fórum Filatélico y Granados y Bárcenas se ríen colgados de un cielo que no es el nuestro. La ley es igual para todos mientras no se demuestre lo contrario.

A mí me sorprendió la detención y el encarcelamiento de los Villar, que también es una fábrica de embutidos (no he escrito chorizos), retozando en prácticas de melancolía. Recordándome cómo éramos entonces. Los que somos de fútbol lo somos toda la vida. Y quizá por ello son de fútbol nuestros recuerdos más pertinaces. No memoramos los ojos azules del primer beso, pero sí el penalti que Guruceta pitó a favor del Madrid a dos metros del área y, fundamentalmente, el puñetazo de Villar a Cruyff. Yo tenía once años, alguno menos en lo de Guruceta. Y todo lo recuerdo con fraguiana memoria. Su cara de mal chico, su inoperancia de tuercebotas que no daba un pase a derechas y que solo se limitaba a guardar el balón, su gesto perpetuamente desagradable. Aquella noche se fue a dormir a casa de su novia, que después se convirtió en la mujer de rosa. Se retiró con 31 años. Desde entonces ha vivido como un multimillonario a costa del fútbol. Fin. Glosa: olvidé citar a los que lo votaron una y otra vez, presidentes de clubes principales y otras instituciones. Quizá cualquier día, con el gallo vespertino, alguien los meta en la cárcel.

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