Fuerzas de ocupación en Cataluña


Tengo ante mí la edición digital de El Periódico de Catalunya y en el primer vistazo no pude evitar un escalofrío: «La Guardia Civil», dice el gran titular del diario, «entra en el Parlament y la Generalitat». Yo esperaba otra noticia: como los independentistas, abro cada día la prensa de Barcelona para comprobar si se divisan ya los tanques por la Diagonal, o si un nuevo general Batet ha instalado un par de cañones en la plaza de Sant Jaume. Pero, oh decepción, la bota de Madrid había puesto en marcha la opción b, que es la de ocupar los centros de poder de Barcelona con la Guardia Civil. Ya estaban en el Parlament y la Generalitat, 73 días antes del referendo de octubre. Corrí al teléfono a llamar a mis amigos de Barcelona a preguntar lo que se pregunta en estos casos de estallido del conflicto: ¿Estáis bien? ¿Arde Cataluña? Uno me dijo que había refrescado, otro que estaba con jaqueca y el tercero que venía de dejar a sus hijos en el aeropuerto. Llegué a la conclusión de que la Guardia Civil había tomado el Poder Ejecutivo y el Legislativo, pero no las calles.

 La épica de la jornada no terminó ahí. El conseller de Presidencia y portavoz del Govern, señor Turull, se sintió en la obligación patriótica de encabezar la resistencia a la invasión de estas fuerzas extranjeras y comunicó a la opinión mundial su acto de heroísmo: había impedido la entrada de los guardias en el sancta sanctórum del embrión de la República Catalana, que es el Palau de Sant Jaume, sede del trono de Puigdemont. No está claro qué armas utilizó para defender el sagrado recinto y expulsar a los invasores. La Sexta estuvo contando que realmente no los había expulsado, sino que los tenía recluidos en un local «al lado de la cochera», como si fuese un calabozo. Pero Cataluña ya tenía su héroe de la jornada: era Jordi Turull, el solitario de la resistencia.

¡Qué pena que no haya un documento gráfico de su heroica actuación ni un documento escrito que narre la magna epopeya del frenazo a la Guardia Civil! ¡Y qué pena, sobre todo, tropezar con la verdad! Las tropas de la Guardia Civil que entraron en el Parlament y la Generalitat eran un par de agentes vestidos de paisano, naturalmente desarmados, que iban a buscar pruebas de un caso de corrupción por orden del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Tenían pinta de todo, menos de fuerzas de ocupación. Y, respecto al heroísmo de Turull, fue, sencillamente, producto de su imaginación. Quizá entretuvo a los guardias un minuto para ofrecerles un café, pero no impidió ni su entrada ni su trabajo.

¡Qué pena, independentistas! Otra ocasión frustrada. Otro desmentido de los hechos. Hay que seguir fabulando. Hay que seguir inventando la realidad.

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