La rebelión de las masas


El libro de cuyo título me apropio cayó en mis manos cuando era adolescente, mi padre me lo había recomendado en un vano intento de contrarrestar mi naciente interés por el marxismo. Lo leí por su título, las masas me atraían, aunque pronto comprendí que era lo contrario de lo que le sucedía a Ortega, y por que tenía curiosidad por el filósofo del que había oído hablar en las clases del instituto. Confieso que se me cayó de las manos. No tenía entonces capacidad para apreciar lo que posee de interesante, no sabía en absoluto quiénes habían sido Stuart Mill o Constant y Guizot solo me sonaba porque lo mencionaba Marx y no precisamente de forma favorable, tampoco estaba entre mis preocupaciones de aquella época la unidad europea, sobre la que sostiene cosas muy razonables que bien pueden considerarse premonitorias. Sí la tenía, en cambio, para considerarlo reaccionario. No recuerdo bien cómo me sentaron los párrafos profranquistas del epílogo para ingleses, pero supongo que colaboraron decisivamente a que lo rechazase. Recuperé el interés por Ortega, unos meses después, gracias a las citas de La España invertebrada, también estaba en la biblioteca paterna, que utilizaba Antoni Jutglar en La España que no pudo ser, aunque duró lo que tardé en estudiar Historia Medieval en la Facultad. Eso no quita que siempre apreciase la importancia que concedía a mi disciplina: «La historia es la realidad del hombre. No tiene otra».

Si evoco ahora La rebelión de las masas es porque me había quedado grabado este párrafo que, escrito en 1927, conserva toda su actualidad noventa años después: «Tal vez la mejor manera de acercarse a este fenómeno histórico consista en referirnos a una experiencia visual, subrayando una facción de nuestra época que es visible con los ojos de la cara. Sencillísima de enunciar, aunque no de analizar, yo la denomino el hecho de la aglomeración, del lleno. Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema, empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio».

Me imagino que lo recordaba porque, a pesar de mi entusiasmo por las masas, ya detestaba en mi adolescencia las colas y las aglomeraciones; salvo en manifestaciones, mítines y conciertos, claro está, aunque ninguno tenía, en la primera mitad de los años setenta, un público excesivamente numeroso. Por cierto, al repasar el libro he encontrado otra cita que podría haber utilizado en mi artículo de hace quince días, su definición del hombre-masa, que los recurrentes detractores de la juventud considerarían muy vigente hoy: «Tiene solo apetitos, cree que solo tiene derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga ?sine nobilitate?, snob».

Ortega despreciaba, creo que es el término más acertado, a la gente común, al plebeyo carente de formación y que no se dejaba guiar por la élite privilegiada. Tremendamente reducida, por otra parte, dado lo que él mismo pensaba sobre los intelectuales de su época. Su rechazo a las masas tenía mucho de aristocrático, lo reconoce de forma bastante explícita. Lo que me sorprende en la España de hoy es encontrar ese rasgo orteguiano en la izquierda emergente, en esa que tanto recurre a la gente, pero en ocasiones parece no soportarla.

Uno de los rasgos más positivos que en buena parte del mundo hemos heredado del crecimiento económico posterior a la Segunda Guerra Mundial es la incorporación, en mucha mayor medida que en el periodo de entreguerras, de la mayoría de la población a cierto bienestar. Los trabajadores asalariados, incluso con sueldos modestos, han descubierto el placer de viajar y, aunque con limitaciones, pueden disfrutar de puentes y vacaciones. Nadie con ideas igualitarias debería ponerles trabas.

Entiendo que los barceloneses, mallorquines o madrileños se sientan incómodos con el centro de su ciudad atestado de turistas: no hay forma de encontrar sitio en una terraza, los cafés y los espectáculos están llenos, hay ruido en las calles, suben los precios, incluidos los de la vivienda. Eso mismo les sucede desde hace muchos años a los florentinos y los venecianos y, desde alguno menos, a los praguenses, por ejemplo. Tampoco es cómodo encontrar las playas atestadas. No parece que la mejor solución sea expulsar a los más pobres.

Hace tiempo que en Venecia habían prohibido sentarse o comer bocadillos en las escaleras de la estación y otros lugares públicos, no sé si se mantiene la prohibición o el ayuntamiento ha desistido, pero quienes tienen que sentarse y comer en la calle son los jóvenes que viajan con poco dinero. ¿Es coherente promover el Interrail, los intercambios de estudiantes, la movilidad de los jóvenes europeos y luego dificultarles que disfruten de sus viajes? En otros lugares se habla de poner tasas por todo, de encarecer los precios de las habitaciones, se trata de buscar el turismo de calidad, es decir, de los acomodados ¿Y los menos afortunados? Para ellos botijo en el pueblo.

En ciudades como Barcelona, Florencia o Madrid hay un buen nivel de vida, por eso sus ciudadanos son los que más viajan, no deberían olvidar que sufren el turismo, pero también hacen sufrir a los vecinos de los lugares que visitan.

No es un problema fácil de resolver. El turismo crea riqueza, España sobrevive gracias a él, pero, aparte de provocar incomodidades, favorece cosas muy negativas, entre ellas la saturación de museos y monumentos, la destrucción del paisaje y la construcción incontrolada en las zonas costeras. Probablemente lo mejor sea crear y hacer cumplir una legislación severa que proteja las costas y los espacios naturales. También establecer límites de aforo, tanto en playas, como en parajes protegidos, museos o incluso ciudades, se está planteando en Italia. Pero no con tasas, con una simple exigencia de reserva. Es razonable asimismo regular los alquileres de viviendas turísticas, pero sin olvidar que tienen demanda porque son necesarios, quizá los hoteles deberían comenzar a adaptarse y ofrecer más apartamentos en vez de solo clamar contra la competencia desleal.

También sería útil promover lugares alternativos, el turismo cultural o de naturaleza en el interior. Podría ayudar a combatir la despoblación, además de a desahogar las zonas saturadas. El gobierno central y las autonomías tienen mucho que hacer en ese sentido. Es muy mala la política turística en la provincia de León, en la que resido, quizá una prueba de lo necesaria que sigue siendo la diputación provincial, que debería asumir esa competencia, pero también se puede mejorar en Asturias. Los concejos del interior tienen muchas posibilidades si las cosas se hacen bien.

La solución está en pensar seriamente en las alternativas, evitar los errores del pasado y no cometer otros nuevos. Y la izquierda no debería olvidarse de que existe para buscar el bienestar de la mayoría, no de algunos privilegiados.

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