La amnesia del presidente


Mariano Rajoy padece un trastorno de la memoria. Algún grado de amnesia más o menos severa. Lo digo en su defensa, porque todos -me lo sopla un experto- tenemos, en mayor o menor medida, memoria selectiva: recordamos lo grato y arrinconamos en el desván del olvido las cornadas de la vida. «Mi memoria es magnífica para olvidar», decía Robert Louis Stevenson. Y así vamos tirando, arrastrando esa disfunción del encéfalo que nos impone el instinto de supervivencia.

 Hay cosas que Mariano Rajoy recuerda «perfectamente» y otras -si conocía o no a Francisco Correa, por ejemplo- que no puede «afirmar con total nitidez». Lo mismo nos ocurre a usted y a mí, amigo lector. Presumo que el presidente no finge su amnesia, porque de lo contrario pecaría contra el octavo mandamiento e incurriría en el delito descrito en el artículo 458 del Código Penal: «El testigo que faltare a la verdad en su testimonio en causa judicial será castigado con penas de prisión».

El presidente presenta síntomas de amnesia retrógrada, concepto clínico que nada tiene que ver con su ideario político: significa simplemente que las experiencias desechadas sucedieron antes de que se desarrollara el trastorno. Amnesia parcial y probablemente postraumática. No producida por un golpe o traumatismo craneoencefálico, sino por una fuerte conmoción mental, ante la cual el organismo reacciona espontáneamente con la consabida terapia: borra selectivamente determinados archivos de la memoria, al igual que el PP destruyó a martillazos el disco duro de los ordenadores de Génova.

Así pues, exculpemos al ciudadano Rajoy. Solo es un testigo. Pasaba casualmente por allí, absorto en sus estrategias políticas y ajeno a la intendencia, pero no sospechó de los embozados que perpetraban el desfalco. Nunca supo de la existencia de una caja b, ni de los tejemanejes de sus tesoreros, ni de sobresueldos en el PP. «Iba a Génova y veía que había obras», confesó con enternecedora inocencia. Vino después la prensa carroñera, destapó las andanzas suizas de Bárcenas y del impacto sobrevino la amnesia. El falso testimonio sí, pero la desmemoria no la castiga el Código Penal.

Exculpamos al ciudadano Rajoy, por inocente o por falta de pruebas, pero persisten las dudas sobre el presidente Rajoy. ¿Está en condiciones de gobernarnos alguien que, además de amnésico, «jamás» se ocupó de los asuntos económicos de su partido y aprobaba las cuentas sin debate y sin echarles un vistazo? ¿Hará lo mismo en la Moncloa? ¿Estarán los dineros del país, nuestras vidas y haciendas, en manos de sus tesoreros?

Peor que la negligencia es la filosofía que la inspira. Peor que el SMS a Bárcenas -«Luis, nada es fácil, pero hacemos lo que podemos»- es la sorprendente explicación del mensaje: «‘Hacemos lo que podemos’ significa que no hicimos nada». Aplíquele usted esta interpretación a los asuntos que nos preocupan -Cataluña o el desempleo, el futuro de los hijos o las pensiones de los abuelos- y dígame: ¿Hay o no hay motivo de alarma?

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