Fueron de safari armados con tirachinas


Aunque todos sabían -jueces, periodistas y acusaciones- que la verdad judicial del caso Gürtel está perimetrada, y solo falta escribirla, y aunque eran conscientes de que Rajoy no podía aportar nada a este juicio, la dinámica de los tiempos -populista, indignada, y amante del espectáculo- quiso ofrecer urbi et orbi una historia de caza mayor, en la que unos sesudos penalistas, provisionalmente distraídos de los gazapos del coto -Correa y Crespo-, se pusieron al servicio de diversos estrategas políticos interesados en cazar un paquidermo de gigantescos colmillos. Y, puesto que la opinión pública es quien dirige realmente el cotarro español, y la que seduce en sus peligrosas alcobas a autoridades, intelectuales y funcionarios, llevaron a Rajoy al albero para ver si, tras una faena de aliño, podían descabellarlo.

 Pero desde el primer minuto se vio que aquella cacería iba a ser un fiasco. Porque los tiradores, en vez de rifles y munición adecuados, llevaban simples tirachinas -¡qué espectáculo, Dios mío!-, y porque el juez de campo, al ver que la tropa marraba todos los disparos, tuvo que ponerse serio y dirigir el teatro. Y tan bien lo hizo, aunque a destiempo, que acabó ejerciendo de abogado defensor del presidente, haciendo que todas las chinas se estrellasen contra su escudo, y dejando a los acusadores en la desairada posición de quien o no ha preparado la lección como debía, o, lo que es peor aún, no se había percatado de que un juicio televisado no es más que un show que siempre favorece al más espabilado.

No se trata de negar que la peste de la Gürtel se percibe en Pernambuco; ni que la gestión interna del PP entre 1997 y el 2007 debió de llevarla un aquelarre de pillos. Lo que quiero decir es que el proceso penal no permite cazar de rebote, ni dar pases y taconazos a gusto de los forofos. Quisieron interrogar al testigo como si fuese un acusado. Intentaron que los nombres de Bárcenas y Correa contaminasen un decenio decisivo del PP sin distinguir lo bueno de lo malo. Y por eso obligaron al presidente de la sala a poner orden, y dejaron que Rajoy saliese sin un rasguño. Y ya se sabe que, cuando un duelo se presenta a vida o muerte, el que no gana pierde.

La guinda la puso Pedro Sánchez, que queriendo presentar la declaración del presidente como un acto indigno, o como el mayor borrón de la historia de España, intenta hacernos creer que ver a Rajoy declarando como testigo nos humilla más que no ver a González declarando en el caso GAL, o a Pujol en Banca Catalana. Al menos los de ahora pueden presumir de pasar en fila india, como los demás ciudadanos, por los juzgados. Y no como antes, cuando el primer caso de financiación irregular de los partidos se resolvió, exactamente, con seis palabras: «Ni de Flick, ni de Flock». La frase que dijo González, que tampoco en esto tuvo que declarar.

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